Niños Soldados: cuando la historia se cuenta desde el juego
Concepto y
dirección de Jorge Villanueva
Por Rodrigo
Bravo Ruiz
La potencia del testimonio de un niño a
veces pesa más que toda una legión de animales salvajes. A esa y otras
reflexiones nos condujo Godo Lozano al implicarnos en esta suerte de ritual
litúrgico que fue su unipersonal Niños soldados. Una obra reminiscente,
agridulce, sencilla y compleja: una mixtura de emociones, melodías, relatos y
juegos.
Desde la primera llamada, el
protagonista supo construir un clima apropiado, exponiendo de manera
interactiva aquellos juegos con los que se entretenía en su infancia: el aro,
las canicas o los daños y yases. Fue un acertado movimiento invocatorio haber decidido
instalar en el recinto el clima comunitario por excelencia: el juego.
Nadie puede resistirse a jugar. Jugar es
el acto primigenio de todo ente que busca romper la relación pasiva con su
entorno. Jugar es más que una acción exploratoria; los seres humanos jugamos
para despojarnos de los mandatos del tiempo, jugamos para sublimar la ansiedad
conferida por la finitud y sus heraldos negros: la enfermedad, la opresión y el
castigo. Como se dijo en escena: “¿Para qué sufrir, si se puede jugar?”
Godo es un joven que nació y creció en
el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), lugar asediado por la
violencia y el narcotráfico. Es un espacio geográfico estigmatizado por la
naturaleza beligerante de muchos sucesos de los cuales aún no ha podido
emanciparse por completo. Su relato no es cualquier testimonio: es la voz que
emerge desde una infancia aquejada por el fantasma del temor, pero introduce un
elemento extraordinariamente humano: esa mixtura de voces, aromas y acciones
que constituyen su historia familiar, sus juegos y sus lenguas. Los recuerdos
de Godo se hallan investidos de entrañables memorias que engalanan hasta los
rincones más oscuros de su imaginario personal.
Su idioma nativo, el quechua, surge como
el canto más noble, como una lengua cuyo diseño pareciera estar eximido de todo
germen de maldad. El quechua es una voz llana, amable, amplia, de milenaria
elasticidad y empatía. Se dijo en escena una verdad inalienable: si buscas
sentirte como en casa, debes acudir a tu lengua nativa. El lenguaje es el
mediador por excelencia entre el sujeto y su realidad inmediata; habitamos un
mundo lingüístico cuyos enseres se presentan ante nosotros con nombres propios.
Toda aproximación a la realidad es un acercamiento hacia la forma como esta fue
nominada. Desde ese lugar, no podríamos hallar un medio ambiente más íntimo que
a través de la lengua a la cual nos acogimos. Porque no aprendimos un idioma;
nacimos y nos incorporamos a alguno.
Sus testimonios cobraban vida en la
medida en que iba invocando su propio arsenal de recuerdos: historias
personales cargadas de violencia y sometimiento, de degradación y estoicismo,
de reivindicación y condenación íntima; todas ellas se fueron desplegando en un
orden casi aritmético. Godo se esforzó por encarnar sentidamente aquellas voces
de las cuales se vio liberado desde el instante en que decidió exorcizarse a sí
mismo, proyectando fuera de su mente aquellas tiránicas sombras que no lograron
despojar a su infancia de la dulzura de su propia condición.
Sin embargo, todo recuerdo corre el
riesgo de verse alterado por el relato que lo representa. El mismo actor, en
escena, nos recordó, citando a García Márquez, una de las verdades más
radicales de la vida: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno
recuerda y cómo la recuerda para contarla”.
No podemos dejar de mencionar la
importancia del diseño sonoro del montaje: la música no fue solo fondo; fue
figura, anclaje y apoyo en muchos puntos de la obra. No había un protagonista
asentado sobre un suelo musical; la música complementaba, proponía y, en
algunos casos, conducía al actor en su despliegue escénico como arquitecta de
su estructura narrativa. Tampoco debe omitirse el trabajo de proyección visual,
que permitía transmitir detalles difíciles de percibir para el público por las
dimensiones de algunos objetos que constituyen símbolos cargados de afectividad
y que, por sí mismos, revelan parte del fondo subjetivo del protagonista.
Una experiencia encantadora,
conmovedora, visceralmente tierna y ampliamente cargada de elementos reflexivos
que nos conducen a valorar nuestra historia y cada uno de sus recodos. Como
dijo la poeta: “No hay mayor agonía que llevar una historia no contada
dentro de ti.”
Ficha técnica:
Concepto y dirección: Jorge Villanueva
Asistente de dirección: Sebastián
Bellina
Acompañamiento dramatúrgico: Carla
Valdivia
Actuación: Godo Lozano
Composición musical e interpretación:
Magali Luque
Producción: Lucero Carrasco


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