Texturas del amor

La Última Pieza, escrita y dirigida por Linda García, con la adaptación del cuento original de Jasmine de Soria, es una puesta que trata las vivencias de Jenny, una bailarina que rememora sus heridas, minutos antes de salir a escena.


Así como su padre, ella también carga con un cáncer. La enfermedad ha desgastado sus ilusiones, pero por suerte, la fuerza del recuerdo convoca la imagen del padre y su propia proyección en una versión infantil. Hay dos cuadros o memorias que sostienen esas fibras del recuerdo que activan sus anclajes afectivos.

La primera escena introduce los elementos significantes, un listón de niña, unos zapatos de bailarina, un corset, unas cadenas, un bastón. La trama gira en torno a estos elementos. Ella, inyectada de vida por el vínculo de su padre, su pasión y vocación, el baile, la enfermedad que aprisiona y el bastón que declara la vulnerabilidad manifiesta. La composición dramática busca articular todos estos elementos. Me parece que fue una forma de dar una estructura narrativa, como átomos discursivos que se sostienen a partir de eslabones de significantes.

Hay que preguntarnos con qué intensidad los acentos en estos significantes orientan la integración narrativa de los espectadores. Hay una suerte de preferencia significante que destaca estos elementos sobre otros, inevitablemente para el campo perceptivo decanta en una estructura figura-fondo. Hay una expectativa del rol significante, o una pre-lectura que introduce una posición activa en el espectador. Podría llevar a un estado mental interpretativo. ¿Se busca ello?

Algo similar ocurre con el canto coral. Se narran microhistorias paralelas de personas con cáncer, al margen de la historia de Jenny. Este insumo, que introduce la universalidad en la ficción, da un marco narrativo sobre el cáncer desde la colectividad. Al introducir a la comunidad, siento que Jenny se adhiere al conjunto, y perdemos la atención estética sobre su particularidad. Obviamente, sabemos que la historia de Jenny sigue ahí, pero creo que perdemos perspectiva individual, ya no solo es Jenny, sino Jenny como un rostro de una comunidad. Ciertamente, no la hace anónima, ni se pierde en una cifra de personas con una misma realidad, pero provoca que leamos la historia de Jenny desde un campo afectivo colectivo. Creo que se pierde la concentración emotiva, lleva nuestras miradas a estructuras de lo colectivo, la comunidad, el grupo, y de alguna manera, volvemos a Jenny con otros ojos.

Claramente, la trama buscó articular los elementos estéticos a los que decidió darle tildes (el bastón, las cadenas, etc.) e indefectiblemente presagiaron la historia. Es una epifanía que unas veces se detiene en el dolor, otras en la muerte, y otras en la danza. El cáncer aparece como enemigo situado, se encarna, se le antropomorfiza. Es manifiestamente duro, hay una textura afectiva que mella el movimiento, el movimiento se ve interrumpido, la danza se corta, los cuerpos evocan su calamidad, no hay sutura ni bálsamo, solo fractura y herida. El significante de la cadena se resuelve en esta suerte de danza algésica, podemos leer al cáncer como aquello que ata, que encadena el cuerpo y nos aprisiona. En ese sentido, el cuerpo deja de bailar, queda suspendido, encadenado.

Los demás elementos se maridan con este. El bastón anuncia la vulnerabilidad del padre, la condición humana. Al ocaso de la vida, nos recuerda la Esfinge, llegamos en tres patas. Entonces, decimos que es propio del ser humano la vulnerabilidad. En ella nos inscribimos. También nos facultad a decir que la enfermedad no nos hace vulnerables, sino más bien, que revela nuestra condición de vulnerabilidad. Viene a recordar nuestra finitud. Jenny vive la impotencia de la vulnerabilidad en su cuerpo, y rememora la imagen del padre y de ella misma. Ante la vulnerabilidad y la muerte, queda el espíritu o el amor, que es una forma del anterior. La composición de Linda García explora este amor desde el vínculo padre-hija con texturas del movimiento, con cadencias afectivas que surgen del balance, de tomar la mano del otro, de cuidar el cuerpo. La danza emerge como therapeía, es un diálogo analgésico que responde a la algesia del cuerpo, al dolor de la muerte. En ese entorno narrativo, la versión niña de Jenny ocupa el carácter de los impulsos de vida que quedan inscritos en el tratamiento padre-hija que solo pueden surgir de texturas afectivas, en tanto gradientes del amor.

Entonces, cuando vemos al cáncer danzar con Jenny, luego de una larga contienda de tensas fricciones, atestiguamos la expresión del amor domesticando la muerte. No venciéndola, sino haciéndola doméstica, ubicándola en un lugar visible, familiarizándonos con ella, o danzando con ella. Es una asimilación, que solo se puede lubricar con el amor, un amor entre cuerpos, el de Jenny y su padre. La puesta en escena logró reflejar esta afectividad, desde el dolor compartido. Vemos a Jenny de adulta, condoliendo la enfermedad de su padre, al rememorar cómo pese a su enfermedad intentaba bailar con ella de niña. Recordamos la insistencia del filósofo español Carlos Díaz, “me dueles, luego te amo”.

El dolor compartido en Jenny no es un signo de desesperación, aunque pudo haber tomado ese rumbo, sino más bien se volcó hacia fuerza de espíritu, allende el cuerpo y desde el cuerpo. Esta condolencia, que no es otra cosa que la expresión del amor de Jenny por su padre, le permitió bailar su última pieza. Decimos que, Jenny, bailó por amor.


 Por Giuliano Milla - Crítica Teatral Sanmarquina


LUGAR: La Vaca Multicolor – Av. General César Canevaro 116, Interior 1301, Lince

VENTA DE ENTRADAS: Por venta directa, escribiendo al WhatsApp 952393664

CUENTO ORIGINAL: Jasmine de Soria

DRAMATURGIA Y DIRECCIÓN GENERAL: Linda García

ELENCO: Mario Rengifo, Valery Biton, Álvaro Becerra, Jasmine de Soria

ASISTENCIA DE DIRECCIÓN: Angie Magallanes

PIANO EN VIVO: Eduardo Zapata

PRODUCCIÓN GENERAL: Teatro Diverso


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