Romeo y Juli, de Gary Owen

Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, sentenció Italo Calvino, señalando con ello, entre otras cosas, que una interpretación actualizada de los viejos relatos constituye una necesidad sustancial en un tiempo en el que las historias modernas empalidecen ante un presente saturado de imágenes artificiales y lenguajes de programación.


Romeo y Juli no solo procura reinterpretar el clásico de William Shakespeare; también nos conduce a ensayar una profunda reflexión sobre los cambios en los roles tradicionalmente establecidos, sobre la forma en que entendemos actualmente el amor romántico y las dinámicas familiares y, en especial, sobre el carácter particular de nuestras elecciones más allá de los mandatos sociales y los modelos hegemónicos.





La puesta en escena incorpora ciertas rutinas coreográficas que coquetean discretamente con el formato del musical. Una tribuna al fondo, donde descansan los actores a la espera de la activación de sus roles, nos trae a la mente cierto esquema freudiano: el superyó que vigila en silencio el diálogo de los protagonistas.


El joven Romeo es un muchacho de aproximadamente veinte años: padre soltero, sin oficio conocido y atravesado por todas las desventajas materiales y financieras de cualquier joven promedio engarzado en las entrañas de una sociedad emergente. Vive en casa de su madre, una mujer alcohólica y portadora de vicios y mañas propios de alguien cuyo pasado encorva una figura alguna vez lozana y vigorosa.


Juli, por su parte, es una niña mimada, brillante, obstinada e impetuosa: la icónica figura del prodigio familiar construido a sangre y sudor por sus padres, una pareja de esposos —magistralmente interpretados por Denise Arregui y Miguel Iza— que lucha contra la pobreza para proporcionarle a su hija la oportunidad de proyectarse hacia un estrato socioeconómico más alto.


Es en ese contexto que Juli conoce a Romeo, comenzando así una historia de amor tan intensa como asimétrica: la de un joven apasionado, insolvente y contrariado, cuya imagen contrasta severamente con la de una novel estudiante de física y con sus aspiraciones académicas, las cuales disuenan álgidamente con la sencillez pastoral de su amado.


Los padres de Juli, al advertir el decaimiento de sus propósitos, deciden despojar a su hija del respaldo financiero que le conferían, a menos que esta decida rectificar sus pasos y alinearse raudamente con el plan original. En este ínterin nos encontramos con uno de los horizontes reflexivos más importantes que ofrece el relato: Una decisión distinta de aquella promulgada por la normativa familiar, social o política no constituye necesariamente un campo ilegítimo de posibilidades, ni tiene por qué concebirse como un camino fraudulento, inviable o indigno.


Rechazar un galardón académico, laboral o financiero por abrazar un ideal personal, familiar o cultural puede no traducirse en un tumultuoso aplauso ni conferir celebridad; sin embargo, el goce íntimo y silencioso de colmar una expectativa afectiva, privada y subjetiva no puede ser saboreado por nadie más que por aquel cuya renuncia acuse un fondo de sentido.


A medida que la obra avanza hacia su momento axial, nos encontramos con un Romeo que revela una sabiduría natural y progresiva: un hombre dispuesto a asumir con estoicismo las dificultades de la soledad y de la paternidad sin asistencia, empujando a Juli a abrazar un camino distinto al suyo: amplio, decoroso, despojado de sacrificios y maternidades tempranas; un futuro brillante de libertad individual, privilegios académicos e institucionales, noches vaciadas de mal sueño y paños hediondos; un firmamento en el cual brillar junto a otras luminarias con quienes compartir sus epifanías escolares.


La autenticidad de las decisiones personales forma parte también del repertorio reflexivo que ofrece la obra. La asunción —o no— de la maternidad deja de ser un asunto de teleología moral inscrito en el guion para establecer mandatos normativos, dejando al libre arbitrio del espectador la apreciación de los sucesos.

Si bien la obra intenta conservar su identidad de origen, su tropicalización fue inevitable: el humor, el lenguaje mismo y la idiosincrasia histriónica y performática del elenco invisten de color y fragancia local a la puesta en escena, acercándonos emocionalmente a la historia. Una obra bien articulada, arriesgada, fresca y digna de ser vista con apertura y buen humor.



Por: Rodrigo Bravo R. - Crítica Teatral Sanmarquina



 

Ficha Técnica

-Dramaturgia: Gary Olwen.

-Dirección: Mikhail Page.

-Elenco: Diego Pérez, Merly Morello, Érika Villaloboso, Denise Arregui, Miguel Iza.

 




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