La estética del razonamiento absurdo en Trampolín
Por Giuliano Milla Segovia - Crítica Teatral Sanmaquina
Con la dramaturgia de César Vera Latorre y la dirección de Fito Bustamante y Shantall Vera, la comedia que apela al absurdo como recurso eje, nos acerca a temas como las relaciones de poder, las tensiones de eso que llamamos ‘realidad’, los dispositivos de género, entre otros aspectos que, llenos de gags cómicos, provocan el humor de una forma honesta y espontánea.
Me parece que el principal ingrediente dramatúrgico de esta comedia, es el absurdo. De hecho, el guion tiene giros de trama que necesariamente llevan a reorganizar los sentidos de la historia. Se articula y desarticula para volver a crear sentidos. El sentido campea desde lo inestable, hay una especie de vocación por la incertidumbre. La de César Vera Latorre es una dramaturgia de la incertidumbre.
Este nivel de aceptación de sentidos excéntricos, invita a romper el logocentrismo en el que nuestras mentes se encuentran permanentemente, esto nos relaja y nos provoca risa. Porque la mente tiene estructuras de comprensión tan íntegras y cerradas (incluso en quienes son flexibles) que, al romper estas configuraciones, entra en un estado mental por defecto, una situación en la que la mente no busca la integridad psíquica, es decir, no quiere ordenar el mundo conforme a una gramática oficial de la realidad. Más bien, la mente se apertura a experimentar nuevos sentidos, a situarse en otros lugares de la realidad.
Ello lleva a ver la realidad desde un lugar distinto, pero lo diferente aquí, es que este lugar ha sido provocado por un acto estético. La acción ha samaqueado la mente, le ha hecho reír y pues, sin esfuerzos la ha llevado a otra metafísica, otra episteme. La obra desestabiliza la realidad, claramente provoca un epistemicidio que, tras la muerte de la forma familiar en que vemos la realidad, invoca una nueva organización de la misma. Esta es la riqueza de la dramaturgia, su valor por convocar una realidad heterogénea desde la vivencia, gracias a la comedia.
Por lo general, llegar a una visión nueva de la realidad implica que haya procesos reflexivos y racionales. César Vera Latorre logra esto desde la estética, y eso tiene un valor especial. La vivencia organiza el mundo, es una puesta pre-reflexiva, que desde la sensibilidad estética afecta y altera nuestra forma típica de predeterminación del mundo. En el mundo construido en Trampolín, hay una inversión de sentidos y en los mejores casos, una licuación en el sentido de Lipovetsky.
El juego de contingencias cursa por la maximización de los roles de género, la incongruencia con las estructuras heteropatriarcales se hace pintoresca, es una realidad amplificada que obliga a mirar lo que nuestra consciencia no capta cuando hay menos intensidad. La exacerbación de la escena aumenta el volumen de la realidad, de los roles, de los estereotipos, de los discursos, de los dispositivos de la violencia, entonces, ya no se puede dejar de ver.
La pieza explora el onirismo; la realidad y el sueño se entremezclan, las claras referencias a Freud y a Camus invitan a revalorar el mundo de los sueños. A preguntar si vigilia y sueño acaso no se entremezclan. Un museo de inodoros o un tipo que en el mundo de la vigilia pide el libro de reclamaciones por un maltrato que se le dio en su sueño de anoche, son gracias de la obra que celebran lo onírico y, por lo tanto, patentan su valor desde el acto dramático.
Cuando en el Mito de Sísifo Camus habla del apetito de absoluto como motor del razonamiento absurdo, explora las refundaciones de la realidad a partir de sus elementos, reponderándolos, sopesándolos, encontrando nuevos valores. En su obra, uno de los problemas que señala está en la saturación de la realidad. Hay cosas tan reales que se incendian a sí mismas. En ese sentido, el razonamiento absurdo es un artefacto ignífugo, salva la realidad de sí misma, o más propiamente, salva a la cosa de la realidad.
Lo cósico no es consustancial a la realidad. Entendiendo que la realidad es una ficción sedimentada, que se repite a sí misma hasta hacerse una convención potente que arroba la vigilia y expectora cualquier otra ficción. Abruma a la cosa con su ficción. Cuando Camus cita la vocación por el absoluto, busca esta cosa que está más allá de la realidad. Busca ensayar nuevas ficciones. Para acceder a ella hay que desrealizarnos, hay que quebrar el logocentrismo y sus patentes en la realidad, llamar a las latencias de las cosas, que no es otra cosa que sus múltiples posibilidades de reorganización; el razonamiento absurdo nos pide una panorámica del mundo, más allá de los asentamientos en ideas o predeterminaciones o reglas de la realidad. Es una mirada amplificada que nos habilita ver la cosa en sus múltiples realidades, con todas sus formas llamadas a ser.
Hablando de los sueños, en Siete Noches, Borges cita un ensayo de J. W. Dunne donde se contempla la idea de que todos tenemos una modesta eternidad personal. Es importante lo de ‘modesta’ porque no es cuantiosa como la eternidad que maniobran las deidades. Pero al menos nos permite salir de la consciencia consecutiva a la que estamos habituados en la vigilia. Donde a B le antecede A. La secuencialidad no nos ayuda a captar la visión de la totalidad. El escritor irlandés nos llama a darnos cuenta de que cada noche somos portadores de esa eternidad personal. El sueño es una mirada total. O, para ser modestos, una visión con tendencia a la totalidad. De ahí que existan múltiples identidades en una sola cosa, bilocaciones, escenarios transpuestos, significantes que contrarían significados, entre otros fenómenos de la heterogeneidad. Lo que hacemos al tener una eternidad personal es ver a la cosa en sus múltiples posibilidades. La secuencialidad de la consciencia solo nos permite ver una secuencia, una única dirección. Romper con esta estructura lineal nos sumerge en una experiencia heterogénea de la consciencia. Estamos menos acostumbrados a eso, pero también estamos llamados a eso. Si nos acercamos desde la eternidad personal, sueño y vigilia se fundan. Por lo tanto, si recibo un maltrato en mis sueños, tengo todo el derecho de ir a la empresa a reclamar cuando “me despierte”.
Una mirada de eternidad, dispone a romper significados. El absurdismo tiene esta cualidad. Rompe lo unívoco de la realidad. Esto provoca risa. Llamamos absurdo aquello que no consideramos cuerdo, que no tiene lógica en la gramática de nuestra realidad. Algunos cartoons como Rick y Morty, Hora de Aventura o Tío Grandpa por citar a algunos, generan ese efecto de gag cómico al replantear el orden de la realidad, o al crear nuevos sentidos en cuestión de segundos, es tan accidentado que lo único que genera es alterar nuestro sistema nervioso y nos reímos. Antes de ordenar los nuevos sentidos, nuestro sistema nervioso sigue asimilando lo que estamos viviendo. Si hay algo similar a poseer un nivel de eternidad es esta. Porque se descrea y vuelve a crear la realidad. Es como tirar del personaje desde metafísicas distintas, estamos reescribiendo el mundo. Esas eran cualidades divinas. Hacer y rehacer mundos. Aquí, recibimos ese don.
En consecuencia, diría que Trampolín, al relacionarse con el teatro del absurdo, es un teatro que nos congracia con nuestra eternidad personal. Me gustaría ver lo lejos que
puede llegar la dramaturgia de César Vera en este campo dramatúrgico, que sanamente, nos ayuda a perder la cordura.
Ficha técnica:
Dramaturgia: César Vera Latorre
Dirección: Fito Bustamante y Shantall Vera
Dirección de arte: Shantall Vera
Asistencia de Dirección: Sebastián Arce
Producción ejecutiva: Ximena Portal
Producción general: Pánico Escénico Teatro
Elenco: Fito Bustamante, César Vera, Franco Ocaña, Yaremís Rebaza.
%2015.14.44.png)
Comentarios
Publicar un comentario