La escena como lugar de resignificación
(Crítica de María maricón, dirigida por Gabriel
Cárdenas)
Por Godo Lozano
¿Qué ocurre
cuando los discursos que organizan una vida dejan de ofrecer un lugar donde
habitarla? ¿Cómo reconstruir una relación con el propio deseo cuando este ha
sido nombrado durante años desde la culpa, el pecado o la desviación? Son
algunas de las preguntas que atraviesan la obra María maricón.
Lejos de construir un alegato sobre la diversidad sexual o de convertir la experiencia testimonial en una simple confesión escénica, la obra se configura como una investigación sobre los modos en que la religión, la familia, la cultura y el lenguaje participan en la constitución de una subjetividad. Lo que aparece en escena no es solo la historia de Gabriel Cárdenas, sino el proceso mediante el cual un sujeto intenta volver inteligibles las marcas que esos discursos han inscrito sobre su cuerpo, su memoria y su deseo.
En ese recorrido,
la obra dialoga de manera sugerente con una de las intuiciones del
psicoanálisis. Sigmund Freud cuestionó la patologización de la homosexualidad y
mostró que la sexualidad humana no responde a un destino biológico previamente fijado.
La identidad sexual se constituye a través de un complejo entramado de
identificaciones, deseos, prohibiciones y vínculos con quienes ocupan funciones
decisivas en la constitución del sujeto. Desde allí, la obra desplaza la
discusión sobre la orientación sexual hacia otra pregunta: ¿cómo determinados
discursos participan en la forma en que un sujeto aprende a desear, a juzgarse
y a ocupar un lugar en el mundo?
Uno de los
procedimientos consiste en la desacralización de los símbolos de la tradición
cristiana católica y en la desarticulación de los discursos heteronormativos.
Estas acciones funcionan como un trabajo de resignificación. La escena
interroga aquellos significantes que durante largo tiempo organizaron una
relación de culpa con el propio deseo y ensaya la posibilidad de producir otras
formas de habitar el cuerpo y la memoria.
En este proceso
adquiere especial relevancia la presencia de la danza andina. Gabriel afirma
haber encontrado en ella un espacio de acogida que continúa habitando hasta
hoy. La elección resulta particularmente sugerente porque buena parte de la
cosmovisión andina tradicional también se organiza desde una lógica binaria
entre lo masculino y lo femenino. Sin embargo, la obra desplaza esa aparente
contradicción. Antes que una doctrina, parece encontrar en la práctica
compartida, en el cuerpo en movimiento y en la experiencia comunitaria un lugar
desde el cual reconstruir un vínculo con el otro. La escena sugiere que una
cultura nunca se reduce completamente a sus categorías simbólicas. También vive
en las formas concretas mediante las cuales esas categorías son apropiadas,
negociadas y transformadas.
La propuesta plantea
preguntas complejas. ¿Qué sucede cuando determinados discursos son incorporados
por el sujeto hasta convertirse en formas de juzgarse a sí mismo? ¿Qué necesita
desacralizar y qué necesita desarticular Gabriel para construir un lugar desde
donde habitar su deseo y su propia existencia? ¿Es posible resignificar esas
marcas sin negar la historia de la que provienen?
Desde el punto de
vista escénico, la obra articula un dispositivo interdisciplinario donde la
danza, la performance, lo testimonial, la ruptura de la cuarta pared, la
interacción con el público, el uso de máscaras y las referencias a personajes
de la esfera pública no aparecen como recursos acumulativos. Todos convergen en
una misma operación escénica: convertir el cuerpo en el lugar donde memoria,
deseo y discurso vuelven a disputar el sentido de la experiencia. Cada
procedimiento encuentra su justificación en esa búsqueda y evita convertirse en
un mero efecto formal.
En suma, María
maricón no convierte el testimonio de Gabriel Cárdenas en una afirmación
identitaria ni en una denuncia cerrada. La transforma en una investigación
escénica sobre la constitución del sujeto. Su potencia no reside en reemplazar
un discurso por otro, sino en producir un espacio donde aquello que parecía
definitivamente nombrado vuelva a tornarse problemático.
Quizá allí resida
uno de los aciertos de la propuesta. El teatro no transforma la realidad porque
repita un discurso distinto al dominante, pues de esa disputa ya se ocupan
otros espacios de la esfera pública. Su potencia política consiste en producir
otro orden de experiencia, donde los significantes dejan de confirmar las
certezas con las que llegamos a la sala y comienzan a desplazarlas. En esa
apertura del sentido, el espectador deja de recibir respuestas para convertirse
en quien, desde su propia historia y su singularidad, debe producir nuevas
formas de comprender aquello que la escena ha puesto en movimiento.
Ficha técnica
Obra: María maricón
Dramaturgia
y dirección: Gabriel Cárdenas
Producción:
Y/O Plataforma Escénica
Performers:
Jorge Guerra, Paul Lazo, Santiago Montoya, Wedner Velásquez
Funciones: del
12 de junio al 5 de julio, 2026
Horario: viernes,
sábados y domingos a las 8:00 p. m.
Lugar: Sala
Quilla – Av. Bolognesi 397, Barranco



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