¡Por lo menos mira!
Me permito escribir esta crítica a Esperando a Baltasar de manera muy personal, en primera persona y con el más puro deseo de compartirles mi sentir y el aprendizaje que me lleva a escribirles hoy. Es decir, mi sesgo más honesto. El borrador de esta crítica no podría ver la luz digital por estar llena de ‘ajos’ y ‘erdas’ que nunca faltan en el rincón más vulgar de mi mente. Como crítico, no pretendo aleccionar a nadie. Mucho menos pretender, como muchas veces sucede, que quien ve teatro se guíe de aquello que escribo para determinar, de antemano, que una obra es “digna” de ser vista o no. Creo firmemente en algo que aprendí del director de la Crítica Teatral Sanmarquina Godo Lozano. Él argumenta que la crítica busca ser un texto que acompañe al lector, poniendo al crítico como un productor de sentidos, en lugar de ser una figura de autoridad que autoriza o destruye obras teatrales. Es este enfoque el que me da la libertad de compartirles estos pensamientos que, como con nuestros mejores amigos, espero que les suenen como a una buena anécdota.
Desde 4to de
secundaria identifiqué un gusto particular por la comedia caricaturesca y
ridícula de programas como ‘El Chavo del 8’, ‘Kenan y Kel', ‘Alf’ y ‘La Pantera
Rosa’. Había algo en las caídas de ‘Don Ramón’ y su variante malhechora ‘El
Peterete’ o en el ritual de peinar al ‘Chómpiras’ para luego abofetearlo, que
me arrancaron carcajadas lacrimógenas. Años después, dedicaría gran parte de mi
vida universitaria a profundizar en la commedia dell'arte, tradición teatral
progenitora de muchas de las idioteces que me divertirán hasta que no pueda
reír más. Escribo ‘idioteces’ con un cariño cómplice, como si quienes
hiciéramos ‘payasadas’ tuviéramos un sentir común desde la Italia del siglo
XVI. Durante los dos años que demoré en elaborar mi tesis, entrevisté actores
que con mucha apertura me contaban sus propias idioteces y las de quienes
fueron sus maestros.
La obra aborda la crítica al sistema económico, el materialismo contemporáneo y el activismo radical con una ligereza que no llega a sonar a que nos están dando un sermón ‘progre’ o ‘conserva’. Dicotomía inútil, por cierto. Apenas uno de los personajes empieza a elaborar algún discurso (justicia social, anti-capitalismo, culto al trabajo), el otro lo interrumpe con una pregunta, chiste o comentario que evidencia que no retuvieron absolutamente nada de su interlocutor. Entonces volvemos a la comedia: “Por lo menos habla. Unos temas de mierda que a nadie le interesa, ¡pero habla!”, dijo Sergio ante un argumento anti-materialista de Jorge. Ninguno quería entender al otro y, por tanto, sus discursos eran constantemente ridiculizados y minimizados.
¿Por qué cuesta tanto
entendernos, al punto que parece que habláramos idiomas distintos? Durante
algún tiempo hubo un debate sobre la “continuidad histórica” de la commedia
dell’arte. Una vertiente argumentaba que la tradición en sí nunca desapareció, sino que se mantuvo en estado “puro” hasta hoy. En ese entonces, yo quería
creer, muy entusiasta, que había gran valor en continuar la “real” commedia
dell’arte de la cual me sentía parte. ¿Recuerdan mi “sentir común” con la
Italia del renacimiento? Muchas lecturas, conversaciones y años después, los
conceptos de “continuidad”, “pureza” y la solemnidad que los embadurna me
aborrecen. Idioteces, pero de las que no dan risa. Igual que los discursos en Esperando
a Baltasar, estas grandes narrativas nos alejan de realmente entendernos.
Sergio y Jorge no se logran entender y son torpes el uno con el otro justamente
porque son inflexibles con sus discursos en lugar de buscar entender por qué
hacen lo que hacen. Esta ceguera de dicotomías imposibles nos atrapan en
contradicciones artificiales. “¿Si no vivo todos los días de acuerdo a mis
valores, merezco ser cancelado?”, “¿Tengo que defender mi trabajo y el acto de
trabajar solo porque es lo ‘normal’?", “¿Estoy haciendo commedia dell’arte
“pura”, o no?”. Puras, las idioteces.
Entre los chistes de
la obra, que me vuelven a hacer reír ahora que los recuerdo, destaco los
siguientes: Jorge relata sobre Artabán, el cuarto rey mago, y escenifica una
secuencia de pelea con palos de escoba en la cual Sergio rompe el ritmo de la
coreografía con un estruendoso escupitajo; el texto “yo no soy homofóbico,
tengo muchos amigos gays me encanta como bailan…” aplicado para discriminar a
todos los grupos sociales mencionados en la obra por igual; la pose ridícula y
lastimera de Jorge mientras narra la trágica muerte de su pareja. Hay valor en
la variedad de chistes, desde lo físico y rítmico, hasta el extremo de
ridiculizar los defectos de sus discursos.
En su ‘Lazzi, las
rutinas cómicas de la Commedia dell’Arte’, Mel Gordon recopila y clasifica
los chistes que las compañías teatrales repetían constantemente durante sus
montajes. Los ‘lazzi’ eran bromas que el público reconocía fácilmente y sabía
de antemano de qué trataba y, sin embargo, resultaban sumamente graciosas y
podían levantar la energía de una función al instante. Casi quinientos años
después frases como “ven tesoro, no te juntes con esta chusma”, “¡otro gato!” o
“qué bruto, ¡póngale cero!” nos remiten a escenas que conocemos de memoria. ‘El
Chavo’ se estrenó hace más de cincuenta años. ¿Importa si los chistes son
originales o un eco a los cómicos del pasado? No, finalmente todo es inventado
o copiado de generaciones anteriores. Las historias se adaptan y se cuentan
según se necesiten en su tiempo. Según Jorge, Artabán era un rey mago ‘progre’.
¿Lo es realmente? No importa. Lo importante es que contó la historia y nos hizo
reír en el proceso. Primero se hizo teatro por una necesidad del ser humano por
representar su realidad y luego se crearon ‘sistemas’, ‘talleres’, ‘estilos’ y
formas elaboradas de vender una marca. Lo ‘auténtico’, lo ‘tradicional’ y lo
‘original’ se convierten en valores de marca que incrementan el precio de las
entradas o talleres. Estas etiquetas pululan en centros culturales, embajadas o
hasta reciben estímulos del Mincul.
Cuando le preguntaron
a un señor mayor qué hacía Kathakali (danza tradicional de la región de Keral,
India) cuál era el “real” Kathakali, dijo “¿a quién le importa cuál sea el
“real” Kathakali?, lo importante es que la gente lo siga haciendo”. Algo
similar contestó un danzante de fiesta patronal andina, dijo, “si les gusta,
¡cópiense y llévense esta danza a sus pueblos!”. Interesante cosmovisión. Si supiera
que en los pueblos grandes piensan su fiesta como “teatro” o, peor aún, como un
proceso “sagrado”, casi intocable. Idioteces más contemporáneas. Durante mi
investigación de tesis, logré entrevistar a dos actores italianos de mucho
renombre en el mundo de la commedia dell’arte. Muy capos los dos. Uno de ellos
contó que parte de su formación en el Piccolo Teatro de Milán consistía en
sentarse a ver a los actores adultos de su época actuar noche tras noche. Mirar
y aprender. De ahí se iban inventando los ejercicios que luego se
sistematizaron en la currícula. No había continuidad “histórica”, no era
solemne. Se trataba de mirar, aprender y luego hacer uno mismo como pudiera.
Los chistes en Esperando a Baltasar, en efecto, hacen eco a las
payasadas de la comedia física, las técnicas de “timing” cómico del stand-up y
demás prácticas que en algún momento alguien más se las inventó mientras otro
miraba. Entonces hay que mirar más teatro. Mirar las obras por lo que son. Ver
de todo. Dejar de tomarlo con tanta seriedad y recién después
preguntarnos de qué forma nos mueve. Porque para repetir discursos desgastados
no necesitamos ir al teatro, solo repetir las frases del flyer. Y así, qué
aburrido.
Ficha técnica:
Obra: Esperando a Baltasar
Dramaturgia: Fernando Schmidt y Christian Ibarzabal
Dirección: Giovanni Ciccia
Producción General: Renzo Schuller Producciones
Elenco: Renzo Schuller y Oscar López Arias
Lugar: Teatro Municipal de Surco -
Calle Sacramento 236, Surco
Horario: Viernes y sábados - 8:00 p.m., domingos - 7:00 p.m. del 17 de abril al
24 de mayo

Comentarios
Publicar un comentario