¡Por lo menos mira!

Acerca de Esperando a Baltasar / Escrita por Fernando Schmidt y Christian Ibarzabal, dirigida por Giovanni Ciccia.

Me permito escribir esta crítica a Esperando a Baltasar de manera muy personal, en primera persona y con el más puro deseo de compartirles mi sentir y el aprendizaje que me lleva a escribirles hoy. Es decir, mi sesgo más honesto. El borrador de esta crítica no podría ver la luz digital por estar llena de ‘ajos’ y ‘erdas’ que nunca faltan en el rincón más vulgar de mi mente. Como crítico, no pretendo aleccionar a nadie. Mucho menos pretender, como muchas veces sucede, que quien ve teatro se guíe de aquello que escribo para determinar, de antemano, que una obra es “digna” de ser vista o no. Creo firmemente en algo que aprendí del director de la Crítica Teatral Sanmarquina Godo Lozano. Él argumenta que la crítica busca ser un texto que acompañe al lector, poniendo al crítico como un productor de sentidos, en lugar de ser una figura de autoridad que autoriza o destruye obras teatrales. Es este enfoque el que me da la libertad de compartirles estos pensamientos que, como con nuestros mejores amigos, espero que les suenen como a una buena anécdota.

Desde 4to de secundaria identifiqué un gusto particular por la comedia caricaturesca y ridícula de programas como ‘El Chavo del 8’, ‘Kenan y Kel', ‘Alf’ y ‘La Pantera Rosa’. Había algo en las caídas de ‘Don Ramón’ y su variante malhechora ‘El Peterete’ o en el ritual de peinar al ‘Chómpiras’ para luego abofetearlo, que me arrancaron carcajadas lacrimógenas. Años después, dedicaría gran parte de mi vida universitaria a profundizar en la commedia dell'arte, tradición teatral progenitora de muchas de las idioteces que me divertirán hasta que no pueda reír más. Escribo ‘idioteces’ con un cariño cómplice, como si quienes hiciéramos ‘payasadas’ tuviéramos un sentir común desde la Italia del siglo XVI. Durante los dos años que demoré en elaborar mi tesis, entrevisté actores que con mucha apertura me contaban sus propias idioteces y las de quienes fueron sus maestros.


Esperando a Baltasar está repleta de gags, sinsentidos y demás idioteces organizadas y repartidas a lo largo de la trama y ejecutadas con gusto por Renzo Schuller y Óscar López Arias. Schuller y López Arias interpretan a Sergio y Jorge, respectivamente. Un par de actores quienes se conocen en el quinto sótano de un centro comercial mientras se preparan para actuar de los reyes magos en el clásico show familiar navideño. Si bien ambos están listos para salir a trabajar, el actor que interpreta a Baltasar aún no llega. Sergio es presentado como alguien prejuicioso y discriminatorio, quien solo parece vivir para trabajar, consumir y ser un ‘miembro productivo de la sociedad’. Jorge, por su parte, se muestra como la caricatura de un radical antisistema, consciente de los vicios del consumismo e intolerante de cualquier opinión contraria. Los problemas comienzan cuando Jorge revela que planea estallar un chaleco-bomba que lleva puesto en medio del centro comercial a manera de protesta al sistema tras la pérdida de su pareja a una estampida humana durante el ‘Black Friday’. Evidentemente, el resto de la obra gira en torno a Sergio intentando evitar que Jorge logre su cometido, a menudo, resultando en choques producto de sus diferencias ideológicas. 


La obra aborda la crítica al sistema económico, el materialismo contemporáneo y el activismo radical con una ligereza que no llega a sonar a que nos están dando un sermón ‘progre’ o ‘conserva’. Dicotomía inútil, por cierto. Apenas uno de los personajes empieza a elaborar algún discurso (justicia social, anti-capitalismo, culto al trabajo), el otro lo interrumpe con una pregunta, chiste o comentario que evidencia que no retuvieron absolutamente nada de su interlocutor. Entonces  volvemos a la comedia: “Por lo menos habla. Unos temas de mierda que a nadie le interesa, ¡pero habla!”, dijo Sergio ante un argumento anti-materialista de Jorge. Ninguno quería entender al otro y, por tanto, sus discursos eran constantemente ridiculizados y minimizados.

¿Por qué cuesta tanto entendernos, al punto que parece que habláramos idiomas distintos? Durante algún tiempo hubo un debate sobre la “continuidad histórica” de la commedia dell’arte. Una vertiente argumentaba que la tradición en sí nunca desapareció, sino que se mantuvo en estado “puro” hasta hoy. En ese entonces, yo quería creer, muy entusiasta, que había gran valor en continuar la “real” commedia dell’arte de la cual me sentía parte. ¿Recuerdan mi “sentir común” con la Italia del renacimiento? Muchas lecturas, conversaciones y años después, los conceptos de “continuidad”, “pureza” y la solemnidad que los embadurna me aborrecen. Idioteces, pero de las que no dan risa. Igual que los discursos en Esperando a Baltasar, estas grandes narrativas nos alejan de realmente entendernos. Sergio y Jorge no se logran entender y son torpes el uno con el otro justamente porque son inflexibles con sus discursos en lugar de buscar entender por qué hacen lo que hacen. Esta ceguera de dicotomías imposibles nos atrapan en contradicciones artificiales. “¿Si no vivo todos los días de acuerdo a mis valores, merezco ser cancelado?”, “¿Tengo que defender mi trabajo y el acto de trabajar solo porque es lo ‘normal’?", “¿Estoy haciendo commedia dell’arte “pura”, o no?”. Puras, las idioteces.


Tiene sentido que el mismo Renzo Schuller dijera en una entrevista que Giovanni Ciccia, Óscar López Arias y él, “hemos intentado ensayar… (la obra) fue un juego desde el inicio, cuando la leímos pensamos ‘esto tenemos para sacarle uff’”. Ellos mismos abordaron Esperando a Baltasar desde la ligereza que la obra pedía. ¿Cuántos ensayos se los habrán pasado solo jugando e improvisando? Schuller agrega que la obra busca “que se diviertan, que se entiendan, a ser empáticos con la gente, pese a tener maneras de pensar distintas nos podemos entender todos”. Un mensaje bastante claro que no aspira a mayor profundidad. No busca resolver los problemas del mundo, muchas veces porque los grandes problemas no tienen solución desde el esfuerzo individual, ni un autor tendría por qué plantearlas. Sobre el final de la obra, Jorge se endeudó por unos explosivos que fallaron en el momento más crítico y Sergio no pudo trabajar ese día. Cuando finalmente explota el chaleco (tremendo susto), lo imaginé tan inofensivo como cualquier explosivo de la marca ‘ACME’.

Entre los chistes de la obra, que me vuelven a hacer reír ahora que los recuerdo, destaco los siguientes: Jorge relata sobre Artabán, el cuarto rey mago, y escenifica una secuencia de pelea con palos de escoba en la cual Sergio rompe el ritmo de la coreografía con un estruendoso escupitajo; el texto “yo no soy homofóbico, tengo muchos amigos gays me encanta como bailan…” aplicado para discriminar a todos los grupos sociales mencionados en la obra por igual; la pose ridícula y lastimera de Jorge mientras narra la trágica muerte de su pareja. Hay valor en la variedad de chistes, desde lo físico y rítmico, hasta el extremo de ridiculizar los defectos de sus discursos.

En su ‘Lazzi, las rutinas cómicas de la Commedia dell’Arte’, Mel Gordon recopila y clasifica los chistes que las compañías teatrales repetían constantemente durante sus montajes. Los ‘lazzi’ eran bromas que el público reconocía fácilmente y sabía de antemano de qué trataba y, sin embargo, resultaban sumamente graciosas y podían levantar la energía de una función al instante. Casi quinientos años después frases como “ven tesoro, no te juntes con esta chusma”, “¡otro gato!” o “qué bruto, ¡póngale cero!” nos remiten a escenas que conocemos de memoria. ‘El Chavo’ se estrenó hace más de cincuenta años. ¿Importa si los chistes son originales o un eco a los cómicos del pasado? No, finalmente todo es inventado o copiado de generaciones anteriores. Las historias se adaptan y se cuentan según se necesiten en su tiempo. Según Jorge, Artabán era un rey mago ‘progre’. ¿Lo es realmente? No importa. Lo importante es que contó la historia y nos hizo reír en el proceso. Primero se hizo teatro por una necesidad del ser humano por representar su realidad y luego se crearon ‘sistemas’, ‘talleres’, ‘estilos’ y formas elaboradas de vender una marca. Lo ‘auténtico’, lo ‘tradicional’ y lo ‘original’ se convierten en valores de marca que incrementan el precio de las entradas o talleres. Estas etiquetas pululan en centros culturales, embajadas o hasta reciben estímulos del Mincul.

Cuando le preguntaron a un señor mayor qué hacía Kathakali (danza tradicional de la región de Keral, India) cuál era el “real” Kathakali, dijo “¿a quién le importa cuál sea el “real” Kathakali?, lo importante es que la gente lo siga haciendo”. Algo similar contestó un danzante de fiesta patronal andina, dijo, “si les gusta, ¡cópiense y llévense esta danza a sus pueblos!”. Interesante cosmovisión. Si supiera que en los pueblos grandes piensan su fiesta como “teatro” o, peor aún, como un proceso “sagrado”, casi intocable. Idioteces más contemporáneas. Durante mi investigación de tesis, logré entrevistar a dos actores italianos de mucho renombre en el mundo de la commedia dell’arte. Muy capos los dos. Uno de ellos contó que parte de su formación en el Piccolo Teatro de Milán consistía en sentarse a ver a los actores adultos de su época actuar noche tras noche. Mirar y aprender. De ahí se iban inventando los ejercicios que luego se sistematizaron en la currícula. No había continuidad “histórica”, no era solemne. Se trataba de mirar, aprender y luego hacer uno mismo como pudiera. Los chistes en Esperando a Baltasar, en efecto, hacen eco a las payasadas de la comedia física, las técnicas de “timing” cómico del stand-up y demás prácticas que en algún momento alguien más se las inventó mientras otro miraba. Entonces hay que mirar más teatro. Mirar las obras por lo que son. Ver de todo. Dejar de tomarlo con tanta seriedad y recién después preguntarnos de qué forma nos mueve. Porque para repetir discursos desgastados no necesitamos ir al teatro, solo repetir las frases del flyer. Y así, qué aburrido.

 Por Eduardo Jara - Crítica Teatral Sanmarquina

Ficha técnica:
Obra: Esperando a Baltasar
Dramaturgia: Fernando Schmidt y Christian Ibarzabal
Dirección: Giovanni Ciccia
Producción General: Renzo Schuller Producciones
Elenco: Renzo Schuller y Oscar López Arias

Lugar: Teatro Municipal de Surco - Calle Sacramento 236, Surco
Horario: Viernes y sábados - 8:00 p.m., domingos - 7:00 p.m. del 17 de abril al 24 de mayo


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