Antes de irnos para siempre: una ontología del quehacer performático

Obra colectiva del grupo Yuyachkani

                                                                                      Por Rodrigo Bravo Ruiz

Siempre constituye un desafío injusto escribir sobre una obra escénica; más aún cuando el teatro habla sobre sí mismo, cuando la narrativa se vuelve metanarrativa y el teatro se pregunta por el sentido mismo de su propia existencia.

Entrar en Yuyachkani es perderse; es olvidar toda ordenación y estructura. Allí, en un mismo recinto, ocurre todo, y todo ocurre al mismo tiempo. No hay secciones ni escondites tácticos. Los actores nunca se detienen, jamás desactivan sus roles; no se despojan del dispositivo escénico ni por un solo instante. En un mismo ambiente confluyen imágenes, performance, música, caos, orden y magia. Allí el teatro es como la vida misma: sin guion, sin un destino predeterminado. «No existe un pájaro que vuele en línea recta», sentenciaba en escena Julián Vargas.


La actuación destaca por su fuerza vocal, su espontaneidad expresiva y su capacidad para alternar registros afectivos sin perder cohesión. Cada intérprete sostiene una presencia escénica que no depende del virtuosismo individual aislado, sino de la escucha mutua y del tejido colectivo que la obra construye.

Cinco actores en escena, cinco historias entrelazadas en un solo relato: memorias, risas, lágrimas y canciones, todo apuntando a construir un único recuerdo. Pero, más que eso, cinco voces intentando elaborar el más sentido y descarnado de los cuestionamientos. Antes de irnos para siempre es una obra que nace del propio conflicto humano, del malestar originario de no saber, de no estar seguros de si lo que hacemos tiene algún sentido.

Para Camus, la cuestión era simple: toda reflexión, en última instancia, debe apuntar a responder una pregunta fundamental: ¿realmente vale la pena seguir en esta lucha? Ya lo decía en El mito de Sísifo: «Lo absurdo nace de esa confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo».

Los diálogos se entrelazan con una cadencia exquisita. El anecdotario no se hace esperar y recrea, por sí mismo, una historia conocida por todos: años de complicidad, de conspiración creativa, de una lucha permanente contra casi todo. El artista no solo lucha por su propia vida; lucha también por la vida ajena, contra el conformismo de las masas y el automatismo de la gente. Tiene por consigna mantenerse en vigilia para que el público no viva adormilado.

Como si pretendieran materializar el paso del tiempo, cada uno de los miembros del elenco porta un títere de gran escala que representa su propio personaje, o quizás todos aquellos papeles que hoy apenas reconocen. Porque cada historia contada se desprende y cobra vida propia. Porque todos aquellos que fuimos dejan de pertenecernos y galopan su propia carrera. Porque la vida es tan extraña que, a veces, olvidamos por completo quiénes fuimos y por qué hicimos lo que hicimos. Tal como se dijo en escena: «…nos hemos encontrado con todos nuestros personajes».

Precisamente, la obra nos recuerda que olvidar nuestras propias luchas es profundamente humano; que desprendernos de nuestras certezas constituye una práctica en la que incurrimos más de lo que nos gustaría admitir. Vivimos orgullosos de aquello que pretendemos representar, cuando, en el fondo, resulta más honesto quien duda de sus propias consignas y cuestiona su propio bagaje.

Quizás por ello los títeres de Yuyachkani son tan importantes para el elenco. No solo funcionan como recurso expresivo u ornamental, sino como prolongaciones simbólicas de sus propias vidas y trayectorias; son los depositarios secretos de todo cuanto el artista es capaz de mostrar en esos instantes en los que lo que dice es verdad, aunque después nos cueste reconocerla.

Y este último fue, quizás, uno de los cuestionamientos más potentes de la obra: ¿puede lo que se dice o se hace en el teatro cambiar el mundo? Y, de ser así, ¿de qué manera lo haría?

El teatro no tiene por qué cambiar el mundo; el teatro es un mundo en sí mismo. Todo lo que sucede en el escenario, en el instante mismo en que ocurre, es más real que el propio mundo, porque la realidad suele traicionarse a sí misma: se tuerce, es caduca y corruptible. El teatro, en medio de ello, se mantiene incólume; no porque sea perfecto, sino porque insiste obstinadamente en conservar su dignidad. Como todo arte, es posiblemente nuestra última reserva de esperanza.

Ya en su etapa más álgida, lo mágico se vuelve entropía. Se mezclan la potencia vocal y kinestésica de las hermanas Ralli, la dulzura litúrgica de Casafranca y su enternecedor dominio del quechua con los sonidos abundantes y pletóricos del resto del elenco, que a cada instante conferían un clima distinto a cada tramo del relato.

La obra culmina con una reflexión sobre el sentido mismo de su historia. Es una radiografía existencial del grupo, una suerte de anamnesis biográfica cuyo síntoma principal es la duda filosófica: la incertidumbre de no saber si todos esos años sirvieron para algo; si su incansable lucha —no solo artística, sino también política, social y humana— ha logrado transformar ese mundo del cual el tiempo, avanzando inexorablemente, pretende alejarlos.

Pero, como diría Aristóteles, quizás las cosas más valiosas son aquellas que carecen de utilidad. Porque no es el arte quien debe imitar a la vida; es la vida la que debe intentar preservar el arte en su corazón.

Antes de irnos para siempre es también un manifiesto de lealtad y fraternidad sin fecha de caducidad. Es como abrir un álbum de recuerdos cuyas páginas permanecen completas y sanas, frescas y dignas. Un repaso memorable por esos años de lucha, romance, ilusión y belleza que podrían no significar nada desde el instante en que la alienación y el conformismo nos arrebaten nuestro único patrimonio: la lucidez. La capacidad de seguir cuestionando nuestra propia vida, aun cuando, como en el caso de este brillante elenco, esta ya se encuentre consagrada.

 

Ficha técnica:

En escena: Ana Correa, Augusto Casafranca, Julián Vargas, Rebeca Ralli, Teresa Ralli, Alejandro Siles

Dramaturgia y Dirección: Miguel Rubio Zapata

Fecha: del 15 de mayo al 21 de junio

Horario: viernes, sábado y domingos 8:00 p.m.

Lugar: Casa de Yuyachkani (Tacna 363, Magdalena del Mar)

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