Antes de irnos para siempre: una ontología del quehacer performático
Obra
colectiva del grupo Yuyachkani
Siempre constituye un desafío injusto
escribir sobre una obra escénica; más aún cuando el teatro habla sobre sí
mismo, cuando la narrativa se vuelve metanarrativa y el teatro se pregunta por
el sentido mismo de su propia existencia.
Entrar en Yuyachkani es perderse; es
olvidar toda ordenación y estructura. Allí, en un mismo recinto, ocurre todo, y
todo ocurre al mismo tiempo. No hay secciones ni escondites tácticos. Los
actores nunca se detienen, jamás desactivan sus roles; no se despojan del
dispositivo escénico ni por un solo instante. En un mismo ambiente confluyen
imágenes, performance, música, caos, orden y magia. Allí el teatro es como la
vida misma: sin guion, sin un destino predeterminado. «No existe un pájaro
que vuele en línea recta», sentenciaba en escena Julián Vargas.
La actuación destaca por su fuerza
vocal, su espontaneidad expresiva y su capacidad para alternar registros
afectivos sin perder cohesión. Cada intérprete sostiene una presencia escénica
que no depende del virtuosismo individual aislado, sino de la escucha mutua y
del tejido colectivo que la obra construye.
Cinco actores en escena, cinco historias
entrelazadas en un solo relato: memorias, risas, lágrimas y canciones, todo
apuntando a construir un único recuerdo. Pero, más que eso, cinco voces
intentando elaborar el más sentido y descarnado de los cuestionamientos. Antes
de irnos para siempre es una obra que nace del propio conflicto humano, del
malestar originario de no saber, de no estar seguros de si lo que hacemos tiene
algún sentido.
Para Camus, la cuestión era simple: toda
reflexión, en última instancia, debe apuntar a responder una pregunta
fundamental: ¿realmente vale la pena seguir en esta lucha? Ya lo decía en El
mito de Sísifo: «Lo absurdo nace de esa confrontación entre el
llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo».
Los diálogos se entrelazan con una
cadencia exquisita. El anecdotario no se hace esperar y recrea, por sí mismo,
una historia conocida por todos: años de complicidad, de conspiración creativa,
de una lucha permanente contra casi todo. El artista no solo lucha por su
propia vida; lucha también por la vida ajena, contra el conformismo de las masas
y el automatismo de la gente. Tiene por consigna mantenerse en vigilia para que
el público no viva adormilado.
Como si pretendieran materializar el
paso del tiempo, cada uno de los miembros del elenco porta un títere de gran
escala que representa su propio personaje, o quizás todos aquellos papeles que
hoy apenas reconocen. Porque cada historia contada se desprende y cobra vida
propia. Porque todos aquellos que fuimos dejan de pertenecernos y galopan su
propia carrera. Porque la vida es tan extraña que, a veces, olvidamos por
completo quiénes fuimos y por qué hicimos lo que hicimos. Tal como se dijo en
escena: «…nos hemos encontrado con todos nuestros personajes».
Precisamente, la obra nos recuerda que
olvidar nuestras propias luchas es profundamente humano; que desprendernos de
nuestras certezas constituye una práctica en la que incurrimos más de lo que
nos gustaría admitir. Vivimos orgullosos de aquello que pretendemos
representar, cuando, en el fondo, resulta más honesto quien duda de sus propias
consignas y cuestiona su propio bagaje.
Quizás por ello los títeres de
Yuyachkani son tan importantes para el elenco. No solo funcionan como recurso
expresivo u ornamental, sino como prolongaciones simbólicas de sus propias
vidas y trayectorias; son los depositarios secretos de todo cuanto el artista
es capaz de mostrar en esos instantes en los que lo que dice es verdad, aunque
después nos cueste reconocerla.
Y este último fue, quizás, uno de los
cuestionamientos más potentes de la obra: ¿puede lo que se dice o se hace en el
teatro cambiar el mundo? Y, de ser así, ¿de qué manera lo haría?
El teatro no tiene por qué cambiar el
mundo; el teatro es un mundo en sí mismo. Todo lo que sucede en el escenario,
en el instante mismo en que ocurre, es más real que el propio mundo, porque la
realidad suele traicionarse a sí misma: se tuerce, es caduca y corruptible. El
teatro, en medio de ello, se mantiene incólume; no porque sea perfecto, sino
porque insiste obstinadamente en conservar su dignidad. Como todo arte, es
posiblemente nuestra última reserva de esperanza.
Ya en su etapa más álgida, lo mágico se
vuelve entropía. Se mezclan la potencia vocal y kinestésica de las hermanas
Ralli, la dulzura litúrgica de Casafranca y su enternecedor dominio del quechua
con los sonidos abundantes y pletóricos del resto del elenco, que a cada
instante conferían un clima distinto a cada tramo del relato.
La obra culmina con una reflexión sobre
el sentido mismo de su historia. Es una radiografía existencial del grupo, una
suerte de anamnesis biográfica cuyo síntoma principal es la duda filosófica: la
incertidumbre de no saber si todos esos años sirvieron para algo; si su
incansable lucha —no solo artística, sino también política, social y humana— ha
logrado transformar ese mundo del cual el tiempo, avanzando inexorablemente,
pretende alejarlos.
Pero, como diría Aristóteles, quizás las
cosas más valiosas son aquellas que carecen de utilidad. Porque no es el arte
quien debe imitar a la vida; es la vida la que debe intentar preservar el arte
en su corazón.
Antes de irnos para siempre es también un manifiesto de lealtad y
fraternidad sin fecha de caducidad. Es como abrir un álbum de recuerdos cuyas
páginas permanecen completas y sanas, frescas y dignas. Un repaso memorable por
esos años de lucha, romance, ilusión y belleza que podrían no significar nada
desde el instante en que la alienación y el conformismo nos arrebaten nuestro
único patrimonio: la lucidez. La capacidad de seguir cuestionando nuestra
propia vida, aun cuando, como en el caso de este brillante elenco, esta ya se
encuentre consagrada.
Ficha
técnica:
En escena: Ana Correa, Augusto Casafranca, Julián Vargas, Rebeca Ralli, Teresa Ralli, Alejandro Siles
Dramaturgia y Dirección: Miguel Rubio Zapata
Fecha: del 15 de mayo al 21 de junio
Horario: viernes, sábado y domingos 8:00 p.m.
Lugar: Casa de Yuyachkani (Tacna 363, Magdalena del Mar)

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