Del Frankenstein ético al Frankenstein estético
Sobre
“DIE ODYSSEE” en Santiago a mil
Posee
un complejo background debido a sus diversas raíces culturales, herencia de su
familia. De padre portugués y madre
chilena, el director está por vez primera en Santiago mostrando su trabajo.
Estas son algunas reflexiones que dejan su puesta en escena o, mejor dicho, su
espectáculo.
Lo siguiente es un análisis de tales impresiones. En principio, Romero “destroza” la historia clásica de la obra de Homero rescatando otro relato no oficial: la presencia de Telégono, hermano no legítimo de Telémaco, situando a ambos personajes como protagonistas a razón de la espera de Ulises, figura patriarcal y ancestral que irán desacralizando.
Su
obra es un hecho irrepetible, pero, además, desechable. En “Arte ¿Líquido?”
(2007), texto crítico y teórico sobre el arte contemporáneo en “la modernidad líquida”,
el sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman (1925–2017) señala que los artistas “se
centran en acontecimientos pasajeros: acontecimientos de los que, de entrada,
saben que serán efímeros. Saben que el arte como acontecimiento, no ya el arte
como obra, concluirá pronto”.
Como
acto final, el público tendrá muy de cerca a los actores amenazándolos con
motosierras, una idea que el director tenía pensando desde un inicio. La obra debe
terminar y, además, terminar impactando.
El montaje es un acontecimiento irrepetible al igual que el público chileno de la sala. No hay mejor metáfora. Tal vez estamos yendo más allá de la obra, pero también es necesario evaluar ese “más allá contextual” del “arte líquido” en que se enmarca y produce: ese más allá en el que el público y la crítica espera recibir lo inesperado.
Cobertura especial desde “Santiago a mil”
Antú
Romero Nunes es director de “Die Odyssee” (Thalia Theater - Alemania), obra que se
presentó en el Teatro de la Universidad Finis Terrae durante el reciente Festival
“Santiago a mil”. Es chileno, pero su formación artística en el teatro lo
realizó en Alemania, donde a su temprana edad es reconocido y elogiado.
"Die Odyssee" (Foto: Armin Smailovic) |
Lo siguiente es un análisis de tales impresiones. En principio, Romero “destroza” la historia clásica de la obra de Homero rescatando otro relato no oficial: la presencia de Telégono, hermano no legítimo de Telémaco, situando a ambos personajes como protagonistas a razón de la espera de Ulises, figura patriarcal y ancestral que irán desacralizando.
También
“destroza” los idiomas que utiliza (inglés, español, alemán, noruego...) para
crear uno propio con el cual se comunican sus personajes. Destruye el lenguaje
escénico que plantea y transforma constantemente tornándose más sorprendente en
su devenir complementándola con la destrucción de la utilería y escenografía y
hasta la “destrucción” del público con motosierras. Y
al final de todo impresiona y cautiva. ¿Por qué?
En una entrevista para el portal web de la Fundación Teatro a Mil, Romero señala que “eso lo van a ver una vez no más y esa obra existe sola una vez en el mundo. Ese idioma existe sólo una vez en el mundo. Eso es una experiencia única. Eso es lo que tenemos ahora en el teatro...”.
En una entrevista para el portal web de la Fundación Teatro a Mil, Romero señala que “eso lo van a ver una vez no más y esa obra existe sola una vez en el mundo. Ese idioma existe sólo una vez en el mundo. Eso es una experiencia única. Eso es lo que tenemos ahora en el teatro...”.
Flyer de "Die Odyssee" que dirige Antú Romero |
Crear
y mantener estructuras fijas en escena es algo que Romero intenta evitar. Si
bien tiene como precedente el filme “Ulisse” (1954) protagonizada por Kirk
Douglas, en una época en la que los soldados retornaban de las guerras como
héroes o aventureros, ¿podría mantenerse esos relatos épicos en el
ahora?
“Die Odyssee” dice más de la generación
siguiente, de los hijos que esperan y buscan al padre, de la metáfora del abandono
de los grandes personajes y relatos que dieron sentido a todo lo clásico, pero
ya no para dar respuesta sino para ser síntoma y testimonio de ese vacío,
desorden y levedad que impresionan. Los “Frankenstein” impresionan. Es el juego de
los diversos idiomas que se mezclan para maravillarnos ante el descubrimiento
de encontrar una palabra que contenga sentido en esta “sopa de letras”. Y, por
supuesto, es sorprendente ver la vida y muerte al mismo tiempo.
La
versatilidad de Romero es su estética de la destrucción, pero no una
destrucción artaudiana que busca revelar las pulsiones humanas, sino una
destrucción para el shock. Es tratar de conmovernos con la convención que
genera para luego destruirla y sorprendernos con otra mucho más impresionante
que la anterior hasta llegar al clímax donde la espera termina y se deshace al
padre (tal y como el monstruo Frankenstein también lo hizo con su creador el
doctor Víctor Frankenstein).
Escena "Die Odyssee" (Foto: Armin Smailovic) |
El montaje es un acontecimiento irrepetible al igual que el público chileno de la sala. No hay mejor metáfora. Tal vez estamos yendo más allá de la obra, pero también es necesario evaluar ese “más allá contextual” del “arte líquido” en que se enmarca y produce: ese más allá en el que el público y la crítica espera recibir lo inesperado.
“Frankenstein” (1818), novela de
ciencia ficción de Mary Shelley (1797–851), marcó para su época las
preocupaciones de la modernidad temprana sobre el avance científico, la
asimilación de lo humano con lo divino ante la posibilidad de dar y destruir
vida, y la compleja relación trágica entre lo creado y su creador. En
Romero se ha desvanecido la intención ética para resaltar la función estética.
“Die Odyssee” es el monstruo que impresiona por el simple hecho de ser
monstruo, nada más.
KEVIN RODRÍGUEZ
Crítica Teatral
SanmarquinaCobertura especial desde “Santiago a mil”
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