El peligro de borrar el rostro del Otro

Al mirarse en el espejo, ¿qué le muestra este? ¿Lo que es? Y si eso no le gusta, ¿qué hace con el espejo? ¿Lo destruye? Y si el espejo es una metáfora del Otro,[1] ¿también lo destruye? Lo cierto es que no hay forma de ver el propio rostro más que a través del Otro o de otros recursos, tales como una fotografía, una pintura, un espejo, un video, etc. Pero nunca es el rostro real, sino la imagen del rostro. Solo puede verse la imagen ficticia del propio rostro que muestra el espejo o el Otro y, de acuerdo con ello, se constituye la subjetividad.[2] En ese sentido, el espejo se instala como un elemento constitutivo de la subjetividad.  Vuelve la pregunta: ¿qué sucede con el espejo, metáfora del Otro, si muestra una imagen que no gusta? ¿Se destruye?





Un espejo es una obra que, precisamente, juega con la idea de una creación de capas de espejos, ficción tras ficción, metateatro tras metateatro, y que en el fondo deja traslucir una verdad incómoda: el ejercicio de censura por parte del Ministerio de Cultura a un texto teatral de modelo representativo. En un inicio, en el campo metateatral, la lectura de una escena cotidiana se desarrolla en las oficinas del Ministerio. Tras las sugerencias del representante para modificar ciertas partes, el joven dramaturgo opta por escribir un texto sobre esa misma escena. Al verse a sí mismo como el censurador de una obra teatral, intenta buscar otros caminos para alcanzar su objetivo. No obstante, en ese tránsito, el censurador, se revela como una ficción más dentro de este entramado de ficciones, de espejos.



Por otro lado, en medio de ese acontecimiento, el joven dramaturgo se revela también como un escritor que no puede sino solo escribir sobre los sucesos reales. Un transcribidor que produce textos-espejo sobre una sociedad que no desea mirarse a sí misma. Esto resulta sintomático: una sociedad que no sabe verse a sí misma se vuelve ciega en la ejecución de sus acciones. En esa línea, la metáfora del texto-espejo, al mostrar su propio rostro, aparece como un elemento que impone un límite. Se abren entonces dos caminos posibles: mirarse en el espejo y modificar la realidad a partir de ese Otro-espejo, o negar a mirarse y, por lo tanto, eliminar el texto-espejo o, en el peor de los casos, a su creador.




Como se mencionó líneas arriba, la obra contiene capas de espejos. En esa misma dirección, el censurador aparece también como un espejo, una ficción que ocupa el lugar del otro, de su superior, de su enemigo o de aquel que lo niega. Una ficción que, paradójicamente, censura una obra teatral que representa la realidad concreta, causi como un calco. Jorge Luis Borges decía, parafraseando, que la realidad no constituye la ficción; es la ficción la que constituye la realidad. Bajo la idea del espejo, se trata entonces de la censura de una ficción sobre otra ficción, de una realidad constituida igualmente por una ficción. Cabe precisar que la realidad es una resolución del encuentro entre lo real[3] y lo simbólico, razón por la cual está cargada de signos. Signos que orbitan, producen subjetividad y constituyen la realidad.




En este juego especular, hay una situación que atraviesa toda la obra y que incluso funciona como elemento articulador entre los actores-personajes y el espectador: la boda. Este evento se instala en un campo liminal y funciona como un eslabón entre dos órdenes diferentes, la ficción y la realidad, donde el espectador abandona su pasividad para transformarse en testigo de la boda y, por extensión, de la censura. Aquí emergen dos situaciones simultáneas: la boda y la censura, pulsión de vida y pulsión de muerte, en una relación de cohesión. A través de la boda, la obra invita al público a participar y a presenciar la censura, no solo dentro de la ficción, sino también en el orden de la realidad, pues el espectador participa literalmente. Entonces, ¿también el público se transforma en otra ficción? ¿O es la ficción teatral la que se convierte en realidad concreta? ¿O quizás los límites entre ambos campos se difuminan, dando origen a un nuevo espacio donde los dos órdenes pueden coexistir? Al fin y al cabo, como diría Borges, la realidad concreta que habitamos no es más que un producto de la ficción.

La propuesta explora la imagen laberintosa del efecto del espejo como metáfora del Otro, donde el sujeto-personaje-censurador ocupa el lugar de la ficción para silenciar una obra teatral que representa la realidad. Una ficción sobre otra ficción, una censura sobre otra censura. Por otro lado, la boda se instala como elemento articulador entre los personajes-actores y el espectador, entre la ficción y la realidad. Y es allí donde emerge un nuevo campo que permite habitar a ambos órdenes o ficciones. En otras palabras, la distancia cuasi voyerista del espectador pasivo se disuelve para dar paso a un espacio de acciones concretas, donde personajes y espectadores son, quizás, parte de la misma situación: una boda que deja entrever el peligro de borrar el rostro del Otro.



[1] Entiéndase el Otro con mayúscula, desde Lacan, como el lugar simbólico de donde viene el lenguaje y las normas que nos constituyen y determinan nuestra forma de hacer, sentir y pensar.

[2] Entiéndase subjetividad como el campo de ligazón entre lo orgánico y lo simbólico, es decir, la historia de la vida interior del sujeto humano.

[3    ] Entiéndase lo real como todo aquello que está fuera del orden simbólico



Por: Godo Lozano - Crítica Teatral Sanmarquina



Ficha técnica 

Obra: Un espejo

Dramaturgia: Sam Holcroft

Dirección: Wendy Vásquez Larraín

Producción: La Plaza

Elenco: Rodrigo Palacios, Renato Rueda, Daniela Trucíos, Jorge Villanueva, Iván Chávez, Adriano Alamo, Elihu Leyva, Germán Ojeda, JOse Villalobos

Funciones: Del 10 de octubre al 7 de diciembre

Horario: Miércoles a sábado 8:00 pm, domingos 7:00 pm

Lugar: La Plaza (Cc. Larcomar - Miraflores)

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