Reseña de La Danza de los Manakines

Por Rodrigo Bravo Ruiz 

Obra original de Simón Vásquez de Velazco

El teatro breve ofrece, en muchos casos, una propuesta distendida y un tanto despojada de la densidad dramatúrgica propia de las obras de largo aliento. Sin embargo, el Teatro Barranco nos presenta, en esta ocasión, un conjunto de piezas generalmente allegadas a la comedia cuya fórmula, si bien no se disocia completamente de los atributos antes mencionados, incorpora ciertos elementos capaces de promover ejes reflexivos de gran interés. Ese es el caso de La Danza de los Manakines, obra del novel director y dramaturgo Simón Vásquez de Velazco.


Nos situamos frente a una suerte de paraje alterno en el que dos manakines[1], grácilmente representados por Angie Damacén y Josué Mera, nos remiten al extravagante ritual de cortejo en el que el ave macho, desplegando una suerte de saltos coreográficos acompañados de una extraña vibración que produce un peculiar sonido, procura llamar la atención de la hembra, la cual, en muchos casos, debe elegir entre dos machos embarcados en una colorida contienda de corte erótico[2].

Los actores intercalan dicha representación con elementos propios de la comedia juvenil, empleando modismos y expresiones notablemente situados en esta época, lo cual no solo fomenta un clima hilarante y fresco, sino que permite acceder con suavidad a una lectura de mayor profundidad y densidad reflexiva.

La multiplicidad de registros dinamiza el eje de acciones: el diseño visual de fondo nos remite a la estética pop amazónica, mientras que la solemnidad de la narración en off contrasta hilarantemente con el lenguaje coloquial expuesto por los protagonistas. La expresión corporal de los actores, hábilmente asistida por unas máscaras de notable e intenso talante, proporciona cierta intensidad a la performance, lo que contribuye a mantener al público conectado con los sucesos escénicos.

La historia de amor de los manakines incluye todos los elementos de la trama humana: celos, engaños, triángulos pasionales, intrigas y demás afeites que nos llevan a pensar que el erotismo humano no se distancia demasiado de la cópula animal.

Precisamente, en medio de este colorido despliegue y, quizás, oculta entre los chistes fáciles y la estética kitsch, surge una de las primeras reflexiones críticas que entrega la trama: si, en este juego de roles en el que los animales son humanizados, llegamos a visualizar al ser humano como una suerte de animal sofisticado, ¿será entonces que la cultura, aquel artilugio que nos hace dioses entre los entes menores, no es sino un evento más de la naturaleza?

Así como un tornado destruye una ciudad o un incendio forestal arrasa un bosque; una guerra civil, un conflicto urbano o una querella familiar, vistos desde lo alto, ¿no son acaso expresiones de la misma voracidad con la que la naturaleza, eventualmente, suele devorar parte de su reino?

Esta y otras consideraciones ponen en cuestión la posición de ciertas perspectivas antropológicas que sostienen que, ante los caracteres propiamente humanos, toda expresión animal no es sino una reacción instintiva, carente de afecto e intencionalidad. Los manakines de nuestra obra justamente nos llevan de la mano a reformular dicha posición, al preguntarnos por las dinámicas interrelacionales entre criaturas silvestres, tan extrañas como próximas al repertorio humano, así como por la posibilidad de comprender cierta predestinación inserta en el ámbito natural. Ya decía el manakín en escena: «Somos manakines, tenemos que seguir bailando; eso es lo que somos».

Una obra que en medio de servir como puente para la elaboración de estas ideas no deja de percibirse fresca, lúdica y divertida, exenta de toda pretensión que no sea la de entretener con agudeza y autenticidad. 

Ficha artística

Obra: La danza de los Manakines

Dramaturgia y dirección: Simón Vásquez de Velazco

Elenco: Angie Damacén y Josué Mera

Producción general: Luis David Gartner

Temporada: 04, 11 y 25 de agosto, y 1 de septiembre, 2026

Lugar: Teatro Barranco – Av. Almirante Grau 701, Barranco




[1] Ave pequeña y robusta de la familia Pipridae, propia de la selva tropical del Sur y Centro América.

[2] Haciendo la salvedad de que, en estricto sentido, lo erótico es una categoría exclusivamente humana.


Comentarios

Entradas populares