Entre líneas y silencios
Obra original de
Godo Lozano
Texto
crítico a cargo de Rodrigo Bravo Ruiz
Las relaciones humanas constituyen uno
de los misterios más gozosos e inextricables en torno a las personas y, en
particular, los lazos conyugales representan el horizonte más sublime para el
espíritu y más desafiante para la comprensión humana. Entre líneas y
silencios es una obra que reflexiona activamente sobre estas y otras
complejidades presentes en el ámbito amoroso.
La propuesta nos presenta la historia de Ermelinda y Ponciano, dos jóvenes enamorados en el marco de una relación que conjuga la pasión y el encanto con los celos, la intriga y la desconfianza.
Básicamente, se trata de una descripción
casi arquetípica del enlace erótico, donde no siempre prevalecen la
comunicación asertiva y el respeto incondicional, dejando un amplio margen al
recelo, las diatribas y el trato huraño. Él, un pujante comerciante que busca
hacerse un espacio en el desdeñoso mercado local; ella, una mujer un tanto
desconcertada respecto de su lugar en el mundo y, en particular, de su papel en
medio de una relación gobernada, prevalentemente, por la sospecha.
Es precisamente aquel aspecto —la
sospecha— lo que podría ser determinante en cuanto al destino de las relaciones
conyugales: un fantasma que amenaza con entorpecer su consolidación, pues, ante
la ausencia de elementos fácticos probatorios, se privilegia la suspicacia
sobre la razón y el sentido común, independientemente de cuán legítima sea su
naturaleza.
Es en este contexto donde podrían surgir
toda clase de ideaciones («tú y yo estamos muy lejos», «tú me
encuentras repulsiva», «me desprecias»), destinadas a erosionar la
estructura afectiva que sostiene el vínculo. Y es precisamente aquel extraño
nutrimento que tanto hombres como mujeres conferimos al enlace lo que termina
por constituir la realidad que el amante percibe, sin tomar en cuenta que dicha
percepción, en circunstancias más justas, podría asumir un derrotero totalmente
distinto. Tal como afirma la tradición kantiana: «No vemos la realidad como
es, sino como nosotros somos».
El punto crucial de la obra surge cuando
Ponciano descubre que su amada, portando consigo todo el patrimonio conyugal
que con tanto esfuerzo habían acumulado, decidió irse de casa con rumbo
desconocido. Es en este ínterin cuando irrumpe una figura que va a
proporcionarle color y potencia a la trama: el policía. Personaje hosco,
arbitrario y soberbio, portador de aquella gracia natural que caracteriza al pendejo
local, al criollo de pura cepa.
Ponciano y el oficial sostienen un agudo
intercambio en el que no solo hacen gala de toda la maña e ingeniosidad
retórica del peruano, sino que incorporan ciertos elementos que ponen de
relieve diversas situaciones implícitas en la fenomenología del intercambio
amoroso. De un modo totalmente aleatorio, el oficial pasa de fomentar la más
extrema desconfianza («¿no te das cuenta de que ella escapó con su amante?»)
a interceder a favor del perdón y la reconciliación.
La parte más álgida ocurre cuando, en
medio de la oscura certeza de haber sido burlado por su desalmada pareja, la
duda irrumpe con brutalísima coherencia. Ponciano se pregunta si realmente
Ermelinda escapó o si, simplemente, se ausentó por unos días para seguir el
tratamiento médico que él mismo se había ofrecido a pagar.
Esto último trae a colación un aspecto
crucial respecto del amor: toda relación implica irremisiblemente un riesgo. No
hay relación humana que no se vea afectada por el fantasma de la duda, pero es
precisamente la apuesta a favor lo que patentiza la autenticidad del vínculo.
El filósofo argentino Darío
Sztajnszrajber articula el concepto del amor como un elemento aneconómico
[1], del cual no deriva una ganancia concreta o fáctica y que introduce el
riesgo como requisito fundamental para validar la inversión afectiva, en la que
o se entrega todo o se pervierte el sentido del amor. Donde hay cálculo y
medida, el amor deviene transacción, lo que se opone a la naturaleza
estrictamente aneconómica del afecto.
El filósofo, sin duda, elabora el
planteamiento sobre la base de lo que autores como Kierkegaard ya habían
abordado cuando refieren el amor en términos de una lógica del don [2],
lo cual escapa a toda posibilidad de instrumentalización.
Ortega y Gasset, por su parte, distingue
el amor del deseo, siendo el primero de naturaleza centrífuga y el segundo, de
naturaleza centrípeta [3]. El amor, como fuerza centrífuga, conduce al amante a
dejar su centro para ir en búsqueda de un genuino encuentro. Cuando es el deseo
lo que prevalece en la relación, el amante permanece en su centro y fuerza al
ser amado a incorporarse a su hábitat, lo que termina por hacer del otro un
mero instrumento de su satisfacción.
La obra presenta un final tan dramático
como épico, en el que la desconfianza termina por obnubilar todas estas
consideraciones, conduciendo al amante a destruir la relación y condenando a
los enamorados a vivir la intensidad de su idilio en el exilio de un
fantasmagórico destino.
Independientemente de su impecable
arquitectura escénica y su inspirado marco musical, el director nos entrega una
historia bien contada y actuada que, agazapada en la jocosidad de su narrativa,
entraña una profunda lección sobre el devenir crítico del romance y la excelsa
fragilidad de la confianza.
Ficha artística
Obra: Entre líneas y silencios
Dramaturgia y dirección: Godo Lozano
Elenco: Darill Hanna, Emmanuel Caffo, Onasis
Toro
Composición y ejecución musical: Magali Luque
Asistencia de dirección: Jamil Luzuriaga
Coproducción: ICPNA Cultural y Puckllay
Producción ejecutiva: Anabelí Pajuelo
Temporada: del 3 al 27 de septiembre, 2026
Funciones: de jueves a sábado a las 8pm y los
domingos a las 7pm
Lugar: Auditorio ICPNA Lima Centro - Jirón Cusco 446, Cercado de
Lima
[1]
Filosofía a martillazos, 2019.
[2]
Las obras del amor, 1847.
[3]
Estudios sobre el amor, 1939.

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