Ipacankure: la voz de lo inefable

Obra original de César Vega Herrera

Por Rodrigo Bravo Ruiz

Muchas veces, lo inefable se presenta como aquella voz de alerta que nos rescata del hechizo de la cotidianidad, de nuestra absorción en el statu quo, del letargo que nos impone la automaticidad de la rutina. Eso, en primera instancia, es lo que viene a mi mente cuando pienso en Ipacankure.


Una obra que vio la luz hace cincuenta y siete años, de la pluma del escritor y dramaturgo César Vega Herrera, hoy repuesta bajo la dirección de Alberto Ísola y las inspiradas interpretaciones de Herbert Corimanya y Alaín Salinas.

La historia se desarrolla en la sórdida precariedad de una habitación situada en medio de la celeridad de una ciudad absorta en la alienación y el descontrol productivo, propios de una sociedad carcomida por el germen del progreso.

En medio de la magra estancia, dos amigos, hacinados en la diminuta amplitud de una cama, dialogan extensamente sobre diversas situaciones en torno a sus vidas, a los vaivenes de su tránsito por una ciudad imbuida en la desesperación y el anhelo de despojarse de su propia historia. Esta situación es particularmente importante, ya que es en el marco de aquella conflictividad donde se establecen los problemas identitarios que formarán parte del plexo de inquietudes que han de aquejar el imaginario de los personajes.

Un aspecto muy significativo del intercambio lo constituye una suerte de asimetría que demarca los límites de una relación que confiere a uno el papel dominante, sapiencial e irónico, y al otro una posición de clara desventaja dialógica. Se trata de una situación en la que las burlas, las bravatas retóricas y el acento proverbial no demoran en configurar una fórmula conocida de autoafirmación mediada por la ironía. Es ahí donde reconocemos, por momentos, cierta verticalidad propia de la dinámica mentor-discípulo: un amigable sometimiento que nos conduce a sospechar que ambos personajes se encuentran representando la legendaria contienda entre razón y emoción.

La atmósfera se encuentra muy bien asistida por un acertado recurso de perspectiva, por el cual, en determinados ejes de la obra, la cama cambia de orientación, de tal manera que el público percibe el diálogo desde distintos ángulos. La música transicional confiere a los cortes un clima de misterio y abstracción que, por momentos, nos trae a la memoria escenas del cine expresionista alemán.

Si bien el contenido del coloquio emplea imágenes que rozan el realismo mágico —«le pedí que hablara de mentira y me dio una patada que dolió, dolió de verdad» o «tengo sueño en un ojo»—, el parlamento se encuentra lejos del llamado teatro del absurdo. Por el contrario, ocultas tras la abstracción de muchas frases, se articulan numerosas críticas sociales y reflexiones de corte existencialista que ahondan en la búsqueda del sentido de la vida.

Ipacankure, neologismo introducido por el autor, irrumpe como palabra cabalística, epifánica, disruptiva y mágica que pretende sabotear toda acomodación a la normalidad. Si bien su significado constituye un misterio que atraviesa toda la obra, su sentido oculto nos remite a ese despertar que incomoda, interpela y agrieta toda pretensión de fundirse en la inautenticidad y el conformismo. Ipacankure es la voz que reorienta a nuestro protagonista a no claudicar en su lucha por preservar su origen, por impedir que su identidad se vea trastornada por la presión citadina y una masiva inclinación hacia el desarraigo.

Ipacankure pone también sobre la mesa una profunda reflexión sobre la amistad y sobre cómo esta puede asumir diferentes formas de acuerdo con la naturaleza de su despliegue, siendo, en muchos casos, alimentada por el pathos de la distancia[1]. Sin embargo, una vez erigidas las fronteras del vínculo amical, los personajes encuentran, en la separación, que algo quedó consolidado, como si la distancia fuera el ingrediente necesario para patentizar su enlace. Como lo señaló Khalil Gibran: «Cuando te separes de tu amigo, no sufras; porque lo que más amas en él se aclarará en su ausencia, como la montaña es más clara para el cazador desde la llanura[2]».

Una experiencia algo incómoda, nada fácil de digerir, pero necesaria para poner en cuestión asuntos como nuestra identidad, el sentido de la vida y el devenir inextricable de las relaciones humanas.

Ficha artística

Obra: Ipacankure

Dramaturgia: César vega Herrera

Dirección: Albero Ísola

Producción: BUTACA, ARTE & COMUNICACIÓN

Elenco: Herbert Corimanya, Alaín Salinas

Temporada: del 7 al 30 de agosto, 2026

Funciones: viernes y sábados, 8:00 p. m.; domingos, 7:00 p. m.

Lugar: Teatro Ricardo Roca Rey, Jr. Ica 323, Lima



[1] En Nietzsche, el “pathos de la distancia” alude a la separación necesaria para preservar la singularidad y afirmar la individualidad.

[2] El profeta, 1923.


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