Las aulas celestes: adaptación de El principio del mundo, de Jeremías Gamboa

Texto crítico a cargo de Rodrigo Bravo Ruiz

Sobre Las aulas celestes, dirigida por Mariana De Althaus

Cuando el teatro es capaz de mostrar un problema estructural tan hondo e intrincado como la inequidad en la educación de un país, el arte, conservando su dignidad simbólica y estética, se constituye en una plataforma capaz de remover las cataratas de nuestra mirada crítica. Pero, además, por unos instantes, podemos ser testigos de cómo esa realidad torcida y malhadada que muchos asumen con naturalidad e indiferencia queda míticamente reivindicada en la sacralidad de la dimensión escénica.


Las aulas celestes, adaptación de El principio del mundo[1], dirigida por Mariana de Althaus, es un recorrido por la nostalgia institucional y las diversas heridas que esta dejó en el imaginario escolar, pero también por un universo de imágenes, aromas, sabores y memorias que ocupan un significativo espacio en la historia personal y colectiva de las llamadas clases emergentes del Perú.

La obra, aludiendo quizás a la escasa infraestructura de los colegios nacionales, no cuenta con un impresionante arsenal de elementos visuales, sonoros y/o decorativos; en vez de ello expone el talento al desnudo de cuatro jóvenes actores que, ataviados con la sencillez y la potencia de sus testimonios, ponen al descubierto toda una dimensión de nuestra historia que revela una verdad inexorable: las vergonzosas brechas educativas a las que quedan expuestos un gran número de niños y adolescentes en el Perú.

La historia se centra en el diálogo de dos antiguos compañeros que, luego de más de dos décadas, se reencuentran para intentar resolver sus diferencias. La trama se desarrolla en un escenario de hermandad, lealtad y traición que tiene como eje transversal las peripecias escolares de un grupo de adolescentes que lucha por mantener viva la llama de la curiosidad y la efervescencia educativa, la que en muchos casos se verá asfixiada por la inoperancia de un sistema debilitado por la desigualdad, las carencias y la desatención pública.

Las aulas celestes nos plantea, en cierto modo, una extraña paradoja que imprime un recordatorio de la entrañable condición de los espacios que hemos habitado en medio de una constante pugna contra la indiferencia institucional. Una indiferencia investida de colores desteñidos y baldosas desgastadas, del olor a madera añeja y pan del día anterior, de la musicalidad de los megáfonos emitiendo voces roncas y autoritarias, timbres ensordecedores que legitiman portazos, súbitos correteos, risas y alaridos de toda índole. Y, en medio de dicha pugna, la certeza inequívoca de que la balanza nunca termina de equilibrarse.

Manuel y Sabino, en su recorrido vital, nos sitúan ante otro escenario más ingrato y desolador: la marginación de los jóvenes de escasos recursos que, tras denodados esfuerzos, logran acceder a entornos educativos de élite. En estos, no solo prevalecen las ventajas que ofrece una mejor infraestructura, mayores recursos pedagógicos y una proximidad más estrecha a toda clase de oportunidades, sino que también persiste la resistencia a superar las diferencias de clase y a establecer relaciones horizontales entre sus miembros, con el propósito de salvar las brechas que impiden una competencia verdaderamente justa y meritocrática. Tal como afirmó Paulo Freire: “Nadie es, si prohíbe que los otros sean”[2].

Una de las canciones bella y emotivamente entonada por los actores en escena, da cuenta de lo que cientos de jóvenes latinoamericanos siguen clamando a voz en cuello y que constituye un himno para muchas de nuestras generaciones: “…a otros le enseñaron secretos que a ti no / a otros dieron de verdad esa cosa llamada educación / ellos pedían esfuerzo, ellos pedían dedicación / ¿Y para qué?, para terminar bailando y pateando piedras”[3].

Precisamente, una de las riquezas de la puesta en escena es el trabajo musical y coreográfico que revela la versatilidad de los actores, cuya solvencia en la expresión vocal dinamiza y confiere color y calidez a la trama, lo cual refleja simbólicamente un detalle trascendente al respecto de la realidad que busca representarse: el talento, en muchos casos, es el único argumento que tendrá el escolar de bajos recursos para enfrentar la vida, sin que esto garantice necesariamente la consolidación y promoción de sus dones.

Cuatro muchachos intentan representar a todo un panteón de personajes que conforman el universo escolar del cual emergieron y sus diversos escenarios vitales: desde las pujantes lecciones de matemática o lenguaje hasta las míticas clases de música, impartidas por el legendario profesor Díaz Costa.

Uno de los puntos álgidos de la obra alcanza un carácter decididamente apoteósico. Manuel, aquel estudiante excepcional que logró vencer las trabas sociales y viajar a EE. UU., convertirse en un importante crítico teatral y posicionarse como un profesional destacado, es invitado a pronunciar el discurso de clausura de su generación con el que, lejos de limitarse a saludar servilmente las despóticas agendas institucionales, se manifiesta a favor de los estudiantes invisibilizados, como su amigo Sabino, quien sucumbió en su intento de no claudicar ante la indiferencia y el desdén de quienes nunca supieron incorporarlo a su comunidad educativa.

Tal como se dijo en escena, dicho discurso fue tomado como una afrenta ante la naturalización de la verticalidad y la discriminación, calificando de resentimiento la expresión de un sentimiento legítimo de impotencia y frustración. El silencio muchas veces constituye el arma más eficaz para acallar un llamado desesperado y urgente.

Las aulas celestes nos permite realizar una reflexión crítica y estética sobre un importante bastión de nuestra realidad nacional. La educación es, probablemente, uno de los pocos caminos capaces de permitirnos salir de la crisis económica, cultural y espiritual en la que estamos sumidos; pero para ello necesitamos darnos cuenta de que instruirse, forjar la conciencia y desarrollar el pensamiento crítico no son atributos reservados para una determinada parcela de nuestra estructura social. La educación no debe ser concebida en términos diferenciados a favor de nadie, ni debe configurarse en torno a una asimetría sociocultural que promueva el asentamiento de más brechas y surcos en la distribución de oportunidades.

Y es El surco, precisamente, la canción que cierra el telón de la obra, aludiendo con ello, probablemente, a la incompletitud de un proyecto que no logra ver la luz, a una semilla que no logra florecer con plenitud y, en especial, al grito silenciado y el llanto ahogado de quienes claman por justicia e igualdad: “en una hora triste quise cantar, / y dentro de mi canto quise llorar, y dentro de mi llanto quise gritar, / ah, malaya la hora que fui a cantar[4]”.

 

Ficha artística:

§  Dramaturgia y dirección: Mariana de Althaus

§  Elenco: Daniel Cano, Herbert Corimanya, Verony Centeno, Kiara Quispe

§  Dirección de arte y movimiento: Mariano Márquez, Lita Baluarte

§  Próximas funciones: jueves 29, viernes 30, sábado 31 de octubre. Jueves 05, viernes 06, sábado 07 de noviembre. Hora: 08:00 p.m.

§  Lugar: Alianza Francesa (Av. Arequipa 4595, Miraflores)



[1] Jeremías Gamboa, 2025.

[2] La educación como práctica de la libertad, 2004.

[3] “El baile de los que sobran”, del disco Pateando piedras. Los prisioneros, 1985.

[4] Chabuca Granda, 1974.


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