Teatro y extinción: la vitalidad de lo inesperado

(Crítica de Una obra para quienes viven en tiempos de extinción, dirigida por Norma Martínez) 

Por Godo Lozano

La vida radica en constantes pérdidas y construcciones. A veces predominan las primeras; otras, las segundas. Cuando hay pérdida, hay sufrimiento; cuando hay construcción, hay una forma de felicidad. Así, la vida avanza en un vaivén entre ambas, unas veces con mayor intensidad que otras y, muy raramente, en equilibrio. Sin embargo, parece que en determinados momentos, por fuerza de la naturaleza o por acción de la especie humana, consciente o inconsciente, se desencadenan destrucciones: guerras, hambrunas, desastres naturales, extinción de especies, y un largo etcétera. ¿Radica quizás la vida en ese vaivén?


Una obra para quienes viven en tiempos de extinción (2026) constituye un hecho escénico que aborda, al menos, tres objetos de análisis: 1) la dialéctica entre pérdidas y construcciones, 2) el campo difuminado entre ficción y realidad, y 3) el acontecimiento convivial en el fenómeno de la expectación.

Cuando una función teatral se queda sin elenco, se produce la pérdida de un acontecimiento: una muerte simbólica. No obstante, si tras esa pérdida adviene una construcción, se instala un campo de producción de experiencia y sentido. Eso ocurre en Una obra para quienes viven en tiempos de extinción: el elenco no llega, por diversas razones, y la dramaturgista asume el rol para construir, junto con el espectador, una experiencia escénica. Su tema es una serie de extinciones a lo largo de la historia del planeta, hasta el presente, ya bajo la intervención decisiva de la especie humana. A pesar de esas extinciones, la vida continúa gracias a nuevas construcciones, como la que la dramaturgia realiza para sostener la función. Sin embargo, existen pérdidas irreparables: la extinción de especies animales, plantas, culturas, lenguas. Tal vez, en esa oscilación, haya más pérdidas que construcciones.

En esta obra, ficción y realidad, dramaturgista y espectador, se sitúan en un mismo campo de experiencia. La frontera entre ambas dimensiones se difumina y, desde allí, emergen acontecimientos. El dispositivo que articula esa interacción se sostiene en el campo imaginario. Mientras expone las etapas de extinción, la dramaturgista utiliza recursos a su disposición (una planta, humo, un libro, proyecciones) y, sobre todo, la palabra, para que, junto con el espectador, se construyan espacios imaginarios de esas pérdidas. Entre ambos se instala así un tercer elemento con un doble movimiento: por un lado, sostiene la relación; por otro, sustrae al espectador de la pasividad para convertirlo en un espectador emancipado, en el sentido de Rancière. A partir de los estímulos que la dramaturgista propone, cada espectador produce su propio poema, su historia, su discurso.

En términos de Deleuze, para que un hecho sea considerado acontecimiento debe producir un doble movimiento: algo irrumpe fuera del orden establecido y genera un nuevo sentido, que luego se disipa. En una de las interacciones entre la dramaturgista y los espectadores se advierte este movimiento. Si mal no recuerdo, la dramaturgista indica que las madres se pongan de pie. Desde la primera fila comienzan a levantarse varias mujeres; sin embargo, hacia la quinta fila aproximadamente se levanta también un espectador masculino. Su compañera de butaca le señala la incoherencia con una leve palmada en el hombro o brazo. Los demás espectadores advierten la escena y las risas se apoderan del espacio. Finalmente, él vuelve a sentarse. Ese gesto constituye un acontecimiento: la acción se sitúa fuera del orden de la consigna y, al mismo tiempo, produce un nuevo sentido que el público reconoce con la risa. Tales acontecimientos solo son posibles en ese campo difuminado entre ficción y realidad, donde pueden surgir órdenes imprevistos. Quizá de eso se trate el teatro: de hechos que lo exceden y le confieren una vitalidad que intensifica la relación entre espectador y espectáculo.

La obra, por tanto, no solo aborda la salvación de una función ni la exposición temática de la extinción. Además, instala un tercer elemento, el campo imaginario, que desplaza al espectador de la pasividad hacia la emancipación. En esa interacción se propicia, asimismo, un campo de acontecimiento. Allí, en el intersticio entre ficción y realidad, que ya constituye un orden distinto de ambos, se abre la posibilidad de nuevos sentidos y nuevas configuraciones de experiencia.

 

Ficha técnica

Obra: Una obra para quienes viven en tiempos de extinción

Dramaturgia: Miranda Rose Hall

Dirección: Norma Martínez

Dirección adjunta: Lucho Tuesta

Producción: La Plaza

Elenco: Fiorella Pennano

Diseño de luces: Marvin Calle

Musicalización: Jan Diego Malachowski

Producción ejecutiva: Allyson Espinoza

Producción de mantenimiento: Enzo Meloni

Funciones: 15 de febrero hasta el 01 de marzo

Horarios: Martes a sábados 8pm y domingos 7pm

Lugar: La Plaza (Cc. Larcomar - Miraflores)

 


Comentarios

Entradas populares