Entre la cura del tiempo y su locura (Crítica de El tiempo todo locura, dirigida por Renato Piaggio)

Podríamos decir que una de las funciones del arte consiste en realizar deseos que no pueden llevarse a cabo en la realidad cotidiana. Y no necesariamente aquellos deseos socialmente censurables —como sucede en el cine de Tarantino, donde la violencia encuentra un permiso estético—, sino, sobre todo, aquellos que son estructuralmente imposibles, como viajar en el tiempo o evitar la muerte. El teatro, en ese sentido, nos permite ejercer ese deseo imposible.



El tiempo todo locura juega precisamente con la realización de ese anhelo: el viaje en el tiempo. Desde el propio título, un juego de palabras o de significantes, se abren dos líneas de lectura: por un lado, el tiempo que todo lo cura; por otro, el viaje en el tiempo que es toda una locura. Los personajes viajan hacia el pasado con un objetivo concreto: evitar la muerte de sus seres amados. Sin embargo, cada intento desemboca en nuevas formas de tragedia, sea la muerte efectiva o simbólica. Todo deviene, así, en locura.


En un segundo plano, la idea de que “el tiempo todo lo cura” se articula como metáfora del duelo. El viaje temporal funciona entonces como síntoma de la negación de la muerte: se intenta desmentirla. Se trata de la primera etapa del duelo según Elisabeth Kübler-Ross: la negación, a la que siguen la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. Las hermanas atraviesan estas fases no de manera lineal, sino condensada y desordenada, como suele ocurrir en la experiencia real.


Si bien el propósito explícito es evitar la muerte de la madre, un gesto que parece guiado por el amor filial, el deseo manifiesto encubre otro más profundo: eliminarla. En la mayoría de los viajes en el tiempo, la madre termina muerta o en una relación irreparable con sus hijas, es decir, en una suerte de muerte simbólica. Aquí se hace visible la compulsión a la repetición: cuanto más intentan impedir la pérdida, más la producen. Viajan para salvar y terminan destruyendo. Creen dominar el tiempo, pero quedan atrapadas en su circularidad. En términos ontológicos, podría recordarse la distinción de Martin Heidegger entre el ser como sustantivo y el ser como verbo: el primero busca la totalidad y rehúye la muerte; el segundo asume la finitud y, desde ella, construye. Las protagonistas oscilan entre ambos modos, sin lograr aún habitar plenamente el segundo.


Hay, además, una situación aparentemente menor que condensa una racionalización defensiva. La hermana menor se interroga con angustia: ¿por qué en los cuadros de la casa las otras dos hermanas aparecen relucientes mientras ella está representada llorando? Esa imagen la sitúa en una posición degradante y dirige su hostilidad hacia la madre. ¿Por qué eligió esa fotografía? ¿Qué intención había en ese gesto? La muerte de la madre clausura toda respuesta posible. No obstante, tras los viajes fallidos, la hermana mayor revela que se trató de un hecho fortuito: era la única foto disponible. Surge entonces la pregunta: ¿por qué construir una narrativa acusatoria? ¿Se trata de una proyección del propio deseo hostil hacia la madre? Sea como fuere, esa escena funciona como motor dramático y justifica la aventura temporal de los personajes.


En el plano formal, la propuesta se sostiene en una serie de recursos que dinamizan el ritmo: la ruptura de la cuarta pared, los saltos temporales como eje estructural, la multiplicidad de personajes asumidos por las actrices y la difuminación entre espacio ficcional y espacio escénico. El resultado es un caleidoscopio formal que acompaña la inestabilidad temática.


En definitiva, la obra dialoga con su propio título (El tiempo todo locura): el tiempo que todo lo cura frente al viaje en el tiempo como locura. Ese desplazamiento temporal revela la ambivalencia del deseo: bajo la apariencia amorosa se inscriben deseos hostiles que retornan a través de la repetición. Los intentos por evitar la muerte de la madre no hacen sino precipitar nuevas pérdidas. El tiempo no es dominado; es el escenario donde el deseo se confronta con su límite.

 

Por Godo Lozano - CTSM




Ficha técnica

Obra: El tiempo todo locura

Dramaturgia: Félix Estaire 

Dirección: Renato Piaggio

Dirección adjunta: Lucho Tuesta

Producida por: Piero Lévano, Fernando Moncada y Mauricio Liman

Producción general: Kapchiy

Con el apoyo de: Espacio Alterno

Funciones: 5 de febrero hasta 01 de marzo

Horarios: Jueves a sábados 8pm y domingos 7pm

Lugar: Teatro de Lucia - Calle Bellavista 512, Miraflores

 

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