Santiago: de santo/colono a tayta tutelar

Obra del grupo Yuyachkani

Por Rodrigo Bravo Ruiz


El grupo Yuyachkani se hizo presente en las instalaciones del Gran Teatro Nacional para reponer una de las obras más importantes y emblemáticas de su repertorio: Santiago. Desde el inicio se percibía el espíritu de la agrupación poseyendo cada metro cuadrado del recinto; el escenario había sido tomado en su totalidad por la estética yuyachkiana, el palo santo y otras hierbas perfumaban el éter, mientras los actores activaban sus respectivos roles aun antes de las tres llamadas como conjurando ante sus altares la aparición de la constelación escénica más propicia.


La parafernalia religiosa, los símbolos sacros y las pinturas coloniales daban cuenta del fondo cultural implícito en la tradición sujeta a la trama de Santiago: la figura del profeta y su metamorfosis sincrética, que va desde su raíz causal de orden judeocristiano —Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y hermano de Juan[1]—, pasando por la figura bélica que legitima la expansión hispánica hacia el Nuevo Mundo —el matamoros/mataindios—, hasta el asentamiento de su imagen en el seno de la cultura andina, adjudicándole el estatuto de patrón tutelar: el Illapa, controlador del trueno, del relámpago y de las lluvias, responsable directo de favorecer la cosecha y el bienestar de la comunidad.

La trama revela, además, una situación excepcional: un pueblo abandonado, custodiado por sus últimos tres habitantes, situación que da cuenta de una realidad sujeta a uno de los momentos más difíciles de nuestra historia sociopolítica: el conflicto armado, entre 1985 y el año 2000[2].

Un pueblo casi fantasma es el escenario que recoge las acciones de Bernardina, el mayordomo y el guardián, los únicos sobrevivientes que asumen el cuidado del tayta Santiago, quien, confinado en la taciturna sacralidad de su templo, está sentenciado a no salir en procesión desde hace quince años, lo cual revelará todo un fondo conflictivo en términos políticos y sociológicos, pero sobre todo humanos.

Santiago es, para un sector del mundo occidental, símbolo de conquista, ajusticiamiento y salvación. Para el andino, su visión del santo se ve trastornada por una doble lectura: por un lado, la del ser divino que logró romper la impenetrable fortaleza incaica mediante el uso del fuego, cañones y arcabuces, asociada con la regencia de poderes sobrenaturales[3] (he ahí la asociación con el Illapa); y, por otro, la de aquella figura que promoverá la pérdida progresiva de su identidad.

Ya predestinaba el guardián la suerte del tayta cuando las hojas de coca sentenciaron su permanencia en el templo, acusando de traición al mayordomo, quien, habiendo cometido excesos en sus funciones, arrastraba un oscuro prontuario de robo, abuso de poder y complicidad criminal. Vociferaba Casafranca en escena: “Tengo manchas, inmundicias, pero la suciedad me la limpio antes de entrar a tu templo, señor. Andando por el barro, me he tenido que abrir paso; ¿cómo no iba a quedar cochino?

Contrastando con ello, la imagen de Bernardina representa a la madre devota cuyo espíritu sempiternal y abocado a cuidar a sus niños para conferirles la protección del santo, no concibe al tayta sin sus divinas vestiduras, embarcándose en una incansable búsqueda de la llave que ha de liberar de su encierro a la deidad, la cual clama por derramar su bendición por las calles: la imagen perpetua de la esperanza.

Esto revela uno de los puntos reflexivos más significativos de la obra: la visión de un pueblo absorto en una suerte de síndrome de Estocolmo que lo conduce a naturalizar el sometimiento del cual es víctima, atribuyéndole una presunta ordenación cívica de la que sería beneficiario: “La guerra puso control, permisos. Todo estaba bajo vigilancia… sabíamos cuánta gente era, quién iba, quién venía… claro que había muerto y dolor, pero ya sabía vivir allí”.

Esto muestra el drama implícito en la bifurcación de la tradición: un sector que se rinde ante una deidad foránea a la cual servir, asociándola a ciertos rasgos de su propia cosmovisión; y otro sector que reniega del abuso encubierto, de la instrumentalización de la esperanza ajena y de la pérdida inminente de su identidad.

La obra, entre otras cosas, está ricamente investida de acciones acrobáticas que muestran al guardián haciendo alarde de ciertos movimientos que remiten al danzante de tijeras (Supaypa Wasin Tusuq), desafiando grácilmente a un hipercinético Casafranca quien, en complicidad con su interlocutor, ensaya una suerte de combate coreográfico que confiere color, alegría y calidez ritual a ciertas escenas.

No podemos dejar de mencionar los instantes sinfónicos en que los actores, haciendo gala de su versatilidad y empuñando quenas, acordeones y charangos, elevan la atmósfera del teatro hacia una dimensión mítica, donde las formas religiosas combaten y se abrazan entre sí en una suerte de mixtura ceremonial en la que devoción se confunde con arte.

Santiago no solo constituye un recordatorio de cuán fragmentada puede hallarse nuestra visión del mundo ni de cuán conflictiva puede llegar a ser dicha fragmentación. Ante todo, Santiago nos conduce a reflexionar sobre la diversidad forzada que se gesta desde una hermenéutica del conflicto, donde algunos ven en la justicia de uno la opresión y el sometimiento, y en la resistencia del otro la pérdida de toda esperanza.

Quizá la lectura más apropiada ha de articularse desde donde seamos capaces de concebir una identidad con la apertura necesaria para incorporar ambas voces, en un vaivén que probablemente jamás logre armonizarse por completo. Pero ¿no es acaso esa la condición humana por excelencia?

 

Ficha técnica:
Creación colectiva de Yuyachkani y Peter Elmore
Dirección: Miguel Rubio Zapata
En escena: Augusto Casafranca, Ana Correa, Junior Béjar
Funciones: 6 y 7 de julio, 2026
Horario: 8:00 p.m.
Dirección: Gran Teatro Nacional - Av. Javier Prado Este 2225, San Borja



[1] Mateo 4:21

[2] Época marcada por la guerra interna entre elementos subversivos y fuerzas militares, lo cual trajo importantes estragos desde ambos bandos.

[3] Garcilaso de la Vega, recoge testimonios en que los indios afirman: “¿Quién es aquel Viracocha que tiene la Illapa en la mano?


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