El lente del A.L.M.A.



Acerca de La Bruma de Atacama / Escrita y dirigida por Telmo Arévalo


La Bruma de Atacama, escrita y dirigida por Telmo Arévalo cuenta la historia de Ludivine, una joven astrofísica, quien viaja al desierto de Atacama para instalar un telescopio. Este trabajo, denominado el proyecto ‘A.L.M.A.’, supone la última y más importante realización profesional para ella. Esto debido a que la noticia de su viaje se da al mismo tiempo que es diagnosticada, fatídicamente, de esclerosis lateral amiotrófica (ELA). En medio de la urgencia por cumplir con su misión antes que la enfermedad neurodegenerativa le impida trabajar más, conoce a Evaristo, un rescatista que cuida tanto de sus plantas como de la posada en que se aloja Ludivine. Él ha perdido a su hermano en el desierto y lo ha buscado durante años.


lDe la misma forma que los personajes intentan ver más allá del desierto cambiante o del cielo terrestre, ¿qué encontramos mirando más allá, o con más detenimiento, La Bruma de Atacama? Primero veamos a lo lejos. En algún lugar, posiblemente en Europa, o el ciberespacio de por allá, coincidió el trabajo de Laurent Verité (escenografía digital y diseño de luces), Andrés Hernández (composición musical) y Myriam Rhziyel (creación de objetos) con la visión de La Siniestra Théâtre. La dramaturgia, vista desde su esencia de composición, en La Bruma de Atacama reúne el trabajo de múltiples artistas de lugares lejanos plasmados, por ejemplo, durante el monólogo de “La Supernova”. Haciendo un símil con la advertencia impresa en los espejos retrovisores: Los artistas en la obra pueden estar más cerca de lo que aparentan.

Consideremos la siguiente confluencia. Ludivine recuerda con fascinación el día que conoció el mundo más allá de nuestra atmósfera. Al tiempo que recuerda, Laurent Verité le imaginó unas luces que evocan estrellas y la acompañan, juguetonas, en su relato. Andrés Hernández rompe con el aparente silencio del espacio exterior y compone una pieza en la que el piano y los agudos distantes, en palabras de la joven protagonista, “explotaban esparciendo sus partículas subatómicas” en el auditorio universitario. En algún punto del monólogo Myriam Rhziyel ayuda a Ludivine a entrar en órbita. La actriz se sube a una mesa con ruedas y Evaristo la hace girar, por momentos, sobre su eje. Es como si el movimiento acompañase los recuerdos de una niña maravillada por el estallido de un cuerpo celestial físicamente tan lejano y que, a la vez, se sentía tan cercano para todos quienes presenciamos esta combinación de elementos en escena.  


Ahora enfoquemos nuestra mirada un poco más de cerca. Cuando observamos algo con detenimiento es necesario frotar los ojos y hacer caso omiso de los distractores alrededor de aquello en lo que nos enfocamos. Vemos la acción concreta de Evaristo abriendo un maletín. Del objeto empieza a brotar un mapa gigante de color marrón. Una gigantografía de un mapa mostrado instantes atrás. La plastificación del material produce un sonido que acompaña su movimiento. Acompañan esta acción un instrumento de cuerda agudo y un violín en arpegios. El hombre es envuelto y cubierto por el mapa que ahora se mueve hacia un extremo del escenario. Al llegar, Evaristo saca la cabeza y parte de su cuerpo, observa a su alrededor y vuelve a sumergirse. El mapa se desliza entre plástico y violín hasta llegar al lado opuesto. La acción del rescatista se repite y culmina con el mapa colocado sobre el maletín con una forma similar a la de una duna. Este momento fue acompañado de una proyección con forma de montañas sobre el horizonte del escenario.


Nuevamente, el trabajo de artistas lejanos se encuentra para componer un momento que, acertadamente, no tuvo palabra alguna. Si bien la acción tenía un contexto previo, no resultaba necesario saber mucho sobre el personaje para disfrutar de la composición en sí misma. No resulta esencial describir con palabras algo sobre la acción y sus elementos ya que, en conjunto, ya producían sensaciones inmediatas. Un hombre que viaja en el desierto o montaña, que recorre un mapa, que busca algo a lo lejos, que conoce el terreno y, por tanto, puede sumergirse en sus profundidades con facilidad, que está, literalmente, envuelto por su búsqueda. Todo esto evocó este pasaje de poco más de 3 minutos. El público recibe aquello que sucede frente a sus ojos, sin descripciones ni narración. Puede que haya quienes tengan una lectura distinta del momento. Las dunas también cambian de forma de un día para otro. El momento no necesita significar o evocar lo mismo para todos; si es que lo hace en lo absoluto. La acción solo es, y punto. Es un momento que se sostiene aún cuando sea hecho de manera distinta a lo largo de las funciones.


Es interesante cómo La Bruma de Atacama propone momentos disfrutables desde la composición con múltiples elementos escénicos. Los actores son una pieza más dentro de momentos que los envuelven de luces dinámicas o un mapa crujiente. Más allá del Festival de Artes Escénicas de Lima, las futuras funciones siempre contarán con un mapa desproporcionadamente grande y luces que se deslicen al son de la música. Son hechos tan irrevocables como el desierto mismo.

 

Por Eduardo Jara - Crítica Teatral Sanmarquina


Ficha técnica
Obra: La Bruma de Atacama
Dramaturgia: Telmo Arévalo
Dirección: Telmo Arévalo
Producción General: La Siniestra Théâtre
Elenco: Lucía Alonso y Telmo Arévalo

Lugar: Teatro UPC - Campus San Miguel, Av. de la Marina 2810, San Miguel
Horario: Viernes y sábados | 10:30 p.m, del 14 de noviembre al 7 de diciembre

Fotografías gracias a La Siniestra Théâtre

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