Mensaje por el Día Mundial del Teatro 2026

Pienso en el largo proceso de la humanización, en ese salto ontológico que va de lo orgánico a la inscripción en el orden simbólico de la especie humana, y en la manera en que el ser humano deja huella de sí mismo mediante la construcción de su propia realidad: dios, el rito del entierro, el juego, el arte, la ley, la cultura. Dicho así, la realidad construida por la civilización no es más que una posibilidad entre otras. En ese campo, se configura un orden que permite la realización o la represión de las pasiones más profundas del ser humano, como el amor y el odio, haciendo posible su convivencia con el otro.



El teatro, como micromundo paralelo al mundo, se sitúa también en un orden propio; y es precisamente allí donde radica su diferencia con la realidad cotidiana. En ese sentido, el arte en general constituye una posibilidad que la humanidad se ha dado para habitar y tramitar sus pasiones más profundas. En ambos órdenes, el teatral y el cotidiano, estas se desencadenan; en eso se asemejan. Sin embargo, difieren en sus efectos. Mientras que en el teatro encuentran una vía de elaboración artística, en la realidad pueden irrumpir sin mediación, dando lugar a formas de violencia como la guerra. 


Las guerras, por ejemplo, no han sido ni son ajenas a la humanidad; pareciera, incluso, que cada época encontrara en ellas una necesidad imperiosa de realización. Ahora bien, esto no implica que el arte esté exento de lo siniestro o de lo destructivo; por el contrario, también los aborda, pero lo hace bajo mediación estética.


Borges señalaba que “la felicidad no necesita ser transmutada en belleza, pero la desventura sí”. En el orden de la realidad, las pasiones amorosas no están destinadas a la represión; las pasiones hostiles, en cambio, sí lo están. No obstante, estas últimas irrumpen, a veces, de las peores formas: ahí se inscriben las guerras. Surge entonces una pregunta: ¿en qué se asemejan y en qué se diferencian los artistas de los responsables de guerras y crímenes? Ambos desencadenan pasiones hostiles; en eso coinciden. Sin embargo, lo hacen en órdenes distintos. Los artistas elevan la vida humana; los segundos, por el contrario, la degradan hasta reducirla a escombros.


Homero, William Shakespeare y Jorge Luis Borges encarnan estas pasiones a través de sus personajes, Ulises, Agamenón, Aquiles, Ricardo III, Macbeth, Red Scharlach; los otros, en cambio, las realizan mediante soldados o secuaces. Tal vez por eso admiramos a estos artistas: en lugar de producir devastación en el mundo, enaltecen la vida humana.


Desde esta perspectiva, el teatro, y el arte en general, está llamado a confrontar a la humanidad con sus propias pasiones y, al mismo tiempo, a abrir un horizonte para su transmutación en obras o experiencias estéticas al servicio de lo humano. Surge, entonces, una pregunta insistente: ¿qué sería de la humanidad sin el arte? ¿Dónde y cómo se tramitarían esas pasiones?


El arte permite, precisamente, sublimar las pasiones más profundas de la especie humana en belleza: una forma de felicidad, un goce estético, un placer simbólico. De ahí la importancia de propiciar espacios donde este orden pueda habitarse y elevar la vida humana. En última instancia, el arte se configura como un campo necesario, condición de posibilidad para que la humanidad habite el mundo sin eliminar a su semejante.


Comentarios

Entradas populares